Natal
Conocía la ciudad perfectamente. La contemplaba desde el cielo en sus largos vuelos y recitaba de memoria el nombre de sus poblados y riachuelos. Seguía con la mirada el cauce de las aguas como si de las venas azules de una amante se tratara. La había hecho suya tantas veces, que juraba reconocer en ella las huellas de sus pies.
La ciudad, a su vez, lo quería. Lo extrañaba cuando faltaba. Se embriagaba en vino cuando no estaba. Y cuando regresaba, lo recibía con tañido de campanas, aves al vuelo. Con el brillo inmaculado de sus fuentes de agua clara. Y se preparaba para recibirlo en su interior.
Ella le era leal, sin importar cuántas veces se fuera. Sin importar a cuántos otros viajeros recibiera. Esperaba paciente al hombre de su predilección, elegido por ella misma desde su propia fundación. Él le correspondía con cariño natural. Después de todo, era su lugar natal.
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