Adán
Lo confieso: en cuanto te vi entrar por la puerta de la cafetería, no pude quitarte la mirada de encima. La campanilla de la puerta tintineó con tu primer paso y, cual perro de Pavlov, de inmediato te puse toda mi atención. Lo que al principio fue mera curiosidad, pronto se convirtió en obsesión y no pude evitar imaginar mis dedos surcando a placer tu abundante cabellera negra.
Vi tu mirada fija en el mostrador, a donde fuiste en silencio, sin mirar a nadie, dando pasos largos de conformidad con tu alta estatura. Caminaste firme y altivo, seguro y serio, y por un minuto se detuvo el tiempo. Cuando por fin llegó tu turno en la fila, pasaste tu mano por tu frente e hiciste a un lado un mechón de tu pelo que parecía estorbar tu visión. Quedé fascinada con la suavidad de tu gesto, que contrastaba con la mano tosca y varonil que luego te llevaste a la boca al contemplar el menú. Lo admito: vi tu ostentoso reloj y tu brillante anillo, y deseé que fuera mi nombre el que estuviera grabado en su interior.
Reprimí mis deseos de inmediato. Decepcionada y molesta conmigo misma, devolví la vista a mi libro y apuré de un trago lo que quedaba de mi café. Fue como si deseara que aquellas últimas gotas en el fondo de mi taza me limpiaran el interior de todo cargo de consciencia, cual agua bendita.
Intenté concentrarme de nuevo en mi lectura, pero era imposible no verte. Estabas de pie, casi justo frente a mí, esperando tu café y apoyando tu brazo en la barra, mientras con el otro veías tu celular. No pude resistirme. Observé por encima de mi libro tu perfil estilizado con ese saco negro que llevabas puesto. Recorrí tu esbelta pero a la vez atlética figura y me detuve en tu cuello para admirar tu piel. No sabes cuánto deseé poder verla de cerca.
Te llevaste la mano del anillo a tu boca otra vez y tengo que decir que en esta ocasión ignoré por completo el accesorio. La verdadera joya eran tus labios carnosos, gruesos, que —nada gano con mentir— me moría por probar.
Me permití fantasear un poco con tu boca en la mía y con los dientes blancos y perfectos que mostraste a la barista en una sonrisa fugaz. Me perdí en tu barbilla perfecta, bien definida, y en ese pequeño camino por encima de tu boca que lleva a tu nariz extraordinaria. Grabé en mi memoria el lunar por encima de tus labios y subí mis ojos a los tuyos, negros, profundos. No se puede olvidar una mirada como la tuya: seria, decidida, pero a la vez compasiva, sin rastros de arrogancia.
Aunque tu boca permanecía cerrada, tus ojos lo expresaban todo y, al mismo tiempo, encerraban un enigma que me incitaban a descifrar. Vi uno a uno los elementos de tu rostro y luego te vi completo, como al principio. Nuevamente, tu oscura melena de león me parecía una trampa para mis dedos y la manera en que contrastaba con tu pálida piel comenzaba a hacerme enloquecer.
De repente, llamaron desde la barra y volteaste enseguida. Recibiste tu vaso con una sonrisa casi igual a la mía cuando conocí tu nombre, pero no tan grande como la que dibujaron mis labios cuando te acercaste hacia mí. Me perturbé con tu voz gruesa cuando preguntaste por el asiento a mi lado y me sedujo tu aroma cuando te sentaste junto a mí. Entonces pusiste tu mano cerca de la mía y no pude evitar pensar que, a diferencia de la historia que todos conocemos, esta vez podría ser Adán el que haga pecar a Eva.
Wooooo :) Nat!!! Like like like <3
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