Espanto

Hoy, por error encontré tu fotografía. Vagando por posesiones antiguas, te saqué a mi encuentro por casualidad y me asusté. Creí tenerte enterrada en mi memoria en algún lugar remoto de donde nunca más pudieras salir. Pero no fue así. Estabas escondida detrás de un recuerdo lejano, vestida toda de blanco, en una guarida de mi imaginación, preparándote para salir a espantar otra vez.

No lo niego; el fantasma de tu remembranza ya otras veces se me había aparecido, corriendo hacia mí invisible y juguetón en mis caminatas vespertinas. Sentía tu mirada penetrante por encima de mi hombro y me volteaba hacia la nada como paciente de hospital mental. Me sacudían los calosfríos de pensarte otra vez en mi vida. Y me dejaba inquieto, como ahora, por descubrir lo mucho que aún me importabas cuando ya no debías importar.

Ya no estoy en edad de que me sigas espantando por las noches. Estoy cansado de que seas las cadenas de mi alma en pena desde antes que me llegue la muerte, cual purgatorio en vida previo a mi juicio final. Estoy exhausto de estos temblores de manos y piernas al contemplar tus ojos fantasmales en estas fotografías en blanco y negro que aún conservo de ti. Y sin embargo, no quiero romperlas ni deshacerme de ellas, porque, aunque me cueste aceptarlo, sería como borrar una parte de mí: de mi historia, de mi esencia, de todas las cosas del pasado que, aunque muchas de ellas duelan, todas me trajeron aquí, donde al fin soy feliz. En pocas palabras, negarte sería negar que fuimos. Y negar que fuimos sería negarme a mí.

Por eso me pregunto, ¿debería acostumbrarme a tu espectro? ¿Prepararme de antemano para el horror que provoca en mí? ¿O debería abatirlo de una vez por todas en cuanto intente poseerme? Aunque ello implique acabar conmigo también. 

Pareciera que en realidad no importa dejarte vivir o terminar contigo. De una u otra manera, tu espanto me atormentará hasta el fin.

Comentarios