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Mostrando entradas de enero, 2020

Adán

Lo confieso: en cuanto te vi entrar por la puerta de la cafetería, no pude quitarte la mirada de encima. La campanilla de la puerta tintineó con tu primer paso y, cual perro de Pavlov, de inmediato te puse toda mi atención. Lo que al principio fue mera curiosidad, pronto se convirtió en obsesión y no pude evitar imaginar mis dedos surcando a placer tu abundante cabellera negra. Vi tu mirada fija en el mostrador, a donde fuiste en silencio, sin mirar a nadie, dando pasos largos de conformidad con tu alta estatura. Caminaste firme y altivo, seguro y serio, y por un minuto se detuvo el tiempo. Cuando por fin llegó tu turno en la fila, pasaste tu mano por tu frente e hiciste a un lado un mechón de tu pelo que parecía estorbar tu visión. Quedé fascinada con la suavidad de tu gesto, que contrastaba con la mano tosca y varonil que luego te llevaste a la boca al contemplar el menú. Lo admito: vi tu ostentoso reloj y tu brillante anillo, y deseé que fuera mi nombre el que estuviera grabado en ...