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Mostrando entradas de octubre, 2026

Abstinencia

Mi cuerpo tembloroso te ansía. Mi mente atormentada te extraña. Mis besos se resisten a habitar fuera de tus labios, celosos de poder llamarlos su primer hogar. Mi vista anhela tus ojos. Mis dedos, tu pelo. Mis palabras se niegan a existir si no es tu boca la que responde. Mi corazón es rechazado por mi propio cuerpo como un ente extraño: demasiado ardiente, demasiado vehemente, demasiado inconveniente para esta vida que elegí.  De noche sueño que me lo arrancas. Tomas un cuchillo y me abres el pecho. Lo acoges con delicadeza entre tus manos ensangrentadas y lo besas con ternura, consciente de que te pertenece. Por eso, ven. Reclama lo que es tuyo. Evita que este cuerpo exánime se pudra desde su interior, bajo esa lápida maldita que lleva su nombre, pero describe una vida que no reconoce.

Aquí estoy

Aquí estoy, para cuando necesites. Para cuando te sientas solo, aburrido o triste. Para esas noches en que no puedas conciliar el sueño. Cuando no tengas con quién hablar, aquí estoy. Para esos momentos en que cuestiones tu vida. Cuando quieras examinar lo que has logrado. Para compartirme algún recuerdo lejano. Aquí estoy. Aquí estoy. Yo, tu guía espiritual, la brújula cuyo norte es nuestra juventud. Tu carta de navegación, la incondicional, la que te obsequia a destajo la validación. Pero entonces yo me perderé. Me sentiré insuficiente. Dudaré de mi capacidad y lo cuestionaré todo. Acudiré a ti, pero no estarás. Hallaré en su lugar una nota con nuestro acuerdo: la paloma mensajera sólo conoce el camino de regreso, penitencia por haberme ido cuando estaba junto a ti. Entonces volveré a lo alto de la torre. Subiré abnegada los cientos de escalones. Y esperaré resignada, en la oscuridad y el silencio, a ese bendito momento en que me requieras otra vez.

Natal

Conocía la ciudad perfectamente. La contemplaba desde el cielo en sus largos vuelos y recitaba de memoria el nombre de sus poblados y riachuelos. Seguía con la mirada el cauce de las aguas como si de las venas azules de una amante se tratara. La había hecho suya tantas veces, que juraba reconocer en ella las huellas de sus pies. La ciudad, a su vez, lo quería. Lo extrañaba cuando faltaba. Se embriagaba en vino cuando no estaba. Y cuando regresaba, lo recibía con tañido de campanas, aves al vuelo. Con el brillo inmaculado de sus fuentes de agua clara. Y se preparaba para recibirlo en su interior. Ella le era leal, sin importar cuántas veces se fuera. Sin importar a cuántos otros viajeros recibiera. Esperaba paciente al hombre de su predilección, elegido por ella misma desde su propia fundación. Él le correspondía con cariño natural. Después de todo, era su lugar natal.