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Mostrando entradas de septiembre, 2024

Duele

Duele en la garganta, en la boca, en la nariz. En los labios, en los ojos, en el esófago. En la cabeza, en el corazón, en las mejillas. En el pecho, en los brazos, en el abdomen.  Duele en los intentos, en el futuro, en el tiempo. En el presente, en la vida misma, en la voluntad y el existir.  Duele en el cuerpo, fuera de él, en los pulmones vacíos de aire, en los ojos llenos de lágrimas, en el deseo de vivir, en las fuerzas para seguir.  Duele en el ánimo, en el esfuerzo, en las manos engarrotadas, en la parálisis del miedo, en la incapacidad de conciliar el sueño.  Duele en el pensamiento, en el actuar, el esperar. En las ganas de ser, de hablar, de respirar, de continuar.  Duele en el carácter, en la personalidad, en el ego. Duele en el alma, en la fe, en la esperanza. Porque me siento en Tus Manos y luego ya no. Me siento tranquila y luego ya no. Y duele Tu ausencia, nuestro silencio, mi mirada perdida, su mirada evitada.  Duele la lástima, el mismo dol...

Desierto

A todas las Mónicas y Charlottes del mundo. No quiero escribir sobre ti. No encontraría las palabras adecuadas para describir este oleaje de ponzoña, que por momentos me cubre las entrañas y de repente ya no.  Sería difícil hallar la manera de escribir sobre este dolor con el que vivo, que por mucho tiempo me ha robado hasta el aliento, pero que ya he aprendido a esconder.  Me faltaría el ingenio necesario para describir lo mucho que me haces falta aunque me esfuerce cada día en aparentar que no es así; la impotencia que me embarga, la incertidumbre que me embriaga y la tristeza con la que, como un infausto Midas, convierto a todo lo que toco en aflicción.  Porque te esperé y no viniste. Te soñé y no te materializaste. Te planeé y no exististe más allá de mi imaginación. Te pensé por un momento y ahora me niego a pensar en mi vida sin ti. Por eso no quiero escribir sobre ti. Porque me duele pensarte. Porque no quiero extrañarte. Porque me aterra la sola idea de imaginarme...

Alias

He dejado de llamarte por tu nombre. Decidí ponerte un pseudónimo porque tu onomástico es como un puñal que me atraviesa el alma y corazón. Por eso te he puesto otro nombre. A veces eres Daniela; otras, Mariana. Cuando me pongo creativo, Eugenia; y si me siento nostálgico, Diana.  Mis compañeros de trabajo creen que sufro por Sofía. Mis amigos cercanos piensan que es por Carolina. Mi mamá todavía a veces me pregunta por Paulina. Y mi hermano no quiere saber nada más de Leticia. Al igual que los Beatles, le compuse una canción a Michelle. En otra ocasión, le escribí una carta a Clara. A veces le grito al viento el nombre de Marta. Y le he pedido a Dios que, a pesar de todo, cuide de Sandra. No me importa cuántos nombres distintos tenga que aprender, mientras pueda seguir evitando pronunciar el tuyo. Y serás Amanda o Melisa o Susana o Carla, mientras nunca tenga que decir de nuevo el nombre que quiero olvidar.

An affair to forget

El día que mi hermano me contó que viajaría a Nueva York con unos amigos para asistir a un concierto, hice mis maletas de inmediato. La banda en cuestión no me resultaba atractiva, pero tenía mis propias razones para ir a la ciudad. En cuanto nuestro vuelo aterrizó en el John F. Kennedy, mandé un mensaje al perfil de Facebook que desde hacía varios años tenía bloqueado. Él me contestó esa noche y a la mañana siguiente, estábamos caminando juntos por el Central Park. Apenas llegamos al icónico azulejo en honor a John Lennon, una lluvia torrencial nos tomó por sorpresa. Nos apresuramos a refugiarnos debajo de algún techo, pero estábamos empapados y comenzaba a hacer frío. —Sin doble intención ni motivos ocultos, ¿te gustaría ir a mi casa a secarte? Podemos esperar ahí hasta que pase la lluvia. Acepté su invitación sin dudarlo. Corrimos bajo la lluvia sorteando los charcos y llegamos a un viejo edificio de ladrillo, donde subimos unas escaleras hasta el segundo piso y entramos a su depart...