Exequias

Hoy me despedí de todo aquello que nos unía entre aroma de ocote encendido, fuego y cenizas.

Se sintió como un ritual antiguo mi decisión impulsiva, hoguera de mezcal artesanal y velas benditas.

Contemplé mientras ardían los vestigios de su seducción: grimorio de mi enamoramiento prolongado y obsesivo; cartas de navegación que juré me llevarían a él, mapa del tesoro de mi eterna fantasía.

Vi su nombre y apellido consumirse entre las llamas y Dios sabe cuánto deseé exorcizarlo de mi ensoñación también. El humo de sus palabras se elevó cual incienso y honró a nuestros ancestros como ofrenda de copal: esas versiones de antaño que un día se amaron y que ya es justo y necesario dejar descansar en paz.

Incineré mis sentimientos, temores y anhelos; las oportunidades perdidas, los sueños no realizados y todas aquellas cosas que todavía recordamos. Todo lo que fuimos quedó reducido a cenizas. Ojalá fuera metáfora, pero no lo es.

Mis palmas quedaron tiznadas; mis dedos, ardiendo. Pero mi espíritu se sintió satisfecho al admirar lo que siempre soñó: a mí, deshaciéndome de ti de una vez y para siempre, como desde hace mucho tiempo debí hacerlo y no pude.

El viento acarició las brasas encendidas y levantó consigo el polvo chamuscado de nuestro amor. Aspiré profundo el humo debilitado y entonces me dije: querida, he aquí tu libertad.

Comentarios