Amigos de la preparatoria
Esa mañana, Corina y Areli subieron al metro rumbo a la universidad. Era temprano, hacía frío y en la estación al aire libre se observaba que aún no había amanecido.
Corina miró a su alrededor y después de asegurarse de que nadie las reconociera, le confesó a Areli que Héctor la había contactado otra vez.
—Me mandó una canción de Hoobastank diciendo que con ella se acuerda de mí. ¿Qué me quiere decir con eso? —preguntó fingiendo disgusto, avergonzada de admitir que el mensaje la había emocionado.
—Yo creo que no significa nada —contestó su amiga con su realismo característico—. Simplemente se acordó de ti y te lo quiso compartir.
Corina intentó disimular que su comentario la había desilusionado.
—Pues no sé, hablamos un largo rato. Recordó las cartas que me escribía, las tardes en mi casa. Dice que incluso se acuerda de mi perfume en nuestro primer beso. ¿Puedes creerlo? ¿Por qué me dice todo eso?
Una voz grave detrás de ellas las distrajo.
—Espera —dijo Corina aguzando el oído—, esa voz...
Ya era tarde cuando recordó a quién pertenecía, porque dos bancas detrás suyo, descubrió a Héctor preparándose para bajar en la siguiente estación. Se veía incómodo y molesto después de haberlas escuchado.
Corina corrió hasta la puerta y lo tomó del brazo para detenerlo. Él la miró decepcionado y se soltó con rudeza cuando se abrieron las puertas. Era la estación de transbordo y el par de amigas se bajó con él. Corina lo alcanzó en una esquina antes de abordar el otro tren.
—¡Héctor, espera!
—¡No! —gritó él, molesto. —¿Sabes qué cosas recuerdo? El tipo de sangre de mis hermanos. Sus cumpleaños. El camino a la casa de mi infancia. Ese es el tipo de cosas que recuerdo. Y no lo puedo evitar.
Héctor se perdió entre la gente y ya en el otro tren, ambas amigas se sentaron en asientos contiguos. Corina escondió su rostro entre las manos, preocupada de haberlo ofendido y Areli la cuestionó:
—¿Por qué te importa tanto lo que piense? ¿Todavía tienes sentimientos por él?
—¡Por supuesto que tengo sentimientos por él! —declaró desesperada. Era la primera vez que lo admitía.
Mientras permanecía sentada cubriéndose el rostro, una persona detrás de ella llamó su atención con unos golpecitos en el hombro. Pensando que era su amiga, Corina se negó a voltear, pero la persona insistió. Cuando por fin levantó la mirada, vio a Héctor, quien le pidió el asiento a Areli para hablar ella.
Corina abrazó a Héctor para disculparse y cuando se separaron, se vieron a los ojos con ternura. Era la misma mirada que Corina recordaba de cuando salieron en secundaria. La misma que la confortó cuando se hicieron amigos en la prepa.
Mientras ella se perdía de nuevo en sus ojos color café, una extraña valentía se apoderó de su ser: tomó el rostro de Héctor entre sus manos y lo besó en los labios. Él le correspondió.
Se besaron como dos adolescentes, como jamás lo hicieron al ser novios de niños. Y Corina no tuvo más remedio que aceptar que Héctor tenía razón. Porque ella también podía afirmar que su perfume seguía siendo el mismo.
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