Amigos de la universidad

Caía la tarde cuando los automóviles se estacionaron frente a la gran casa. Las luces exteriores acababan de encenderse e iluminaban con cálidos destellos dorados el azul zafiro del crepúsculo.

Los anfitriones recibieron a sus invitados con largos abrazos y los condujeron adentro para dar inicio a la velada.

—Me encanta tu casa, Corina. Es preciosa —comentó la única otra mujer de aquella reunión, mientras su anfitriona le servía vino tinto en su copa.

—Muchas gracias, Andrea. Siempre soñamos con tener un lugar así, ¿verdad, Antonio?

Antonio le dedicó una sonrisa mientras alzaba su copa a modo de brindis, sentado con los demás a la mesa.

—Me gusta que equilibra lo tradicional y lo moderno: el estilo perfecto para una casa de campo —comentó Carlos al tiempo que destapaba otra botella.

Mientras compartían la cena de cuatro tiempos que Corina había preparado con esmero, los amigos se pusieron al corriente de sus vidas. Habían pasado seis años desde la última vez que se vieron y debido a sus vidas agitadas y apretadas agendas, no habían tenido oportunidad de reunirse, hasta ahora.

Parecía que todos se habían forjado vidas interesantes. En la sobremesa, Andrea les platicó sobre su doctorado en Francia. Daniel contó cómo le iba en su trabajo en Wall Street. Carlos apenas había ganado un premio por su blog de viajes y Héctor les habló sobre su vida como escritor en Japón. Sólo Corina y su esposo, Antonio, llevaban vidas ordinarias: él era maestro de secundaria y ella, ama de casa.

Antonio contó con parsimonia anécdotas de su trabajo que Corina juzgó aburridas en la privacidad de sus pensamientos. Daniel la sacó de su abstracción con la pregunta que ella tanto temía.

—¿Y tú qué has hecho, Corina?

Ella intentó disimular su ansiedad:

—Pues esta casa, ¿te parece poco? —respondió ella, provocando que todos se rieran.

Corina justificó con nerviosismo su decisión de abandonar un trabajo bien pagado para dedicarse a las labores del hogar. Habló de salud física y mental, identidad y metas personales, y aunque sus amigos la escuchaban con empatía, no pudo evitar sentirse avergonzada al percibir un poco de autocompasión en su propio discurso. Parecía que intentaba convencerse a sí misma de por qué no había logrado ser tan exitosa como ellos.

—¿Y quieren tener hijos? —preguntó Andrea con curiosidad amigable.

—Pues, de hecho… —Corina respondió con vacilación y volteó su mirada a Antonio, quien le dedicó una sonrisa de aprobación—. Ya comenzamos a intentarlo —confesó, y el grupo estalló en felicitaciones y exclamaciones de entusiasmo, excepto por una persona. Ella lo notó.

Antonio le echó un brazo encima a su esposa, abrazándola con torpeza en medio del brindis que Carlos propuso en su nombre. Corina sonrió avergonzada y por instinto miró a Héctor, quien, volteando hacia arriba, apuró de un trago lo que quedaba en su copa.

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Se levantaron de la mesa y pasaron a la sala, donde abrieron una botella de whisky para seguir conversando. Antonio quiso darles a sus invitados un recorrido por la propiedad y Corina, luego de rechazar la ayuda de sus invitados, aprovechó la soledad de la cocina para lavar los platos.

Cuando ya todos se habían ido, una persona se le acercó por detrás.

—Siempre odiaste usar estas cosas, ¿te acuerdas?

Corina se volteó espantada. Era Héctor, jugando con las cintas de su delantal.

—Recuerdo que en uno de mis cumpleaños dijiste que jamás ibas a ser "la que se queda lavando los platos". Mírate ahora.

El comentario de Héctor pretendía ser más burla que crítica; sin embargo, Corina no pudo negar que era verdad y se preguntó a sí misma en qué momento había cambiado tanto. Héctor advirtió su seriedad y trató de aliviar la tensión con una broma.

—Si fueras Megan Fox, parecerías salida de alguna de mis fantasías —dijo y ella soltó una carcajada.

—¿En tus fantasías Megan Fox lava los platos?

—Es que no sabes qué bien lo hace —dijo él con un guiño, provocando que ella se riera otra vez.

Héctor se arremangó para ayudarla.

—Entonces están buscando bebé. No me lo habías contado.

—¿Y por qué tendría que contártelo? —preguntó ella a la defensiva, sin dejar de fregar los platos.

—No sé, parece algo serio.

—Pues casarme fue algo serio, construir esta casa también fue algo serio… No entiendo tu punto.

Mientras esperaba a que Corina le pasara más platos para enjuagarlos, Héctor le apartó de la frente un mechón de cabello que le estorbaba la visión.

—Nunca nada fue tan serio como eso —dijo él.

Los demás regresaron a la cocina antes de lo esperado. Como la mayoría acababa de aterrizar de largos vuelos, el grupo decidió acostarse temprano y reunirse de nuevo para el desayuno. Antonio, que tenía un horario fijo de descanso, también se despidió.

—No tardes mucho —le dijo a Corina dándole un beso en la frente.

Héctor subió su maleta al piso superior con los demás invitados y Corina se quedó sola en la cocina otra vez.

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Cuando terminó de limpiar y acomodarlo todo, Corina se sirvió en un vaso lo que quedaba de la botella de whisky. Tomó su abrigo del armario junto a la puerta principal y salió al frío y oscuridad de la noche por el patio trasero. Se sentó en las escaleras del porche que daban al jardín y no pasó mucho tiempo cuando escuchó abrirse la puerta detrás de ella. Era Héctor. Corina juró por última vez que él era capaz de leer su mente.

—¿No que ya te ibas a dormir?

—Se te olvida que en Tokio es mediodía. No tengo nada de sueño —dijo él sentándose a su lado y le pidió su vaso para darle un trago—. ¿Y tú?

—Se me fue el sueño —dijo ella aceptando su vaso otra vez.

—¿Y eso?

—No sé, creo que estoy emocionada de que estén aquí —mintió.

—Yo también estoy feliz. Creí que esta reunión jamás sucedería.

Corina, motivada por la tranquilidad de la noche y la cálida embriaguez que la invadía, confesó:

—Del que más contenta me siento que esté aquí, eres tú.

Héctor sonrió y le pasó un brazo por la espalda.

Apenas sintió la calidez de su abrazo, Corina sintió ganas de llorar. Ella respondió a su gesto apoyando su cabeza en su pecho y no pudo evitar soltar una lágrima sin que él lo notara.

Corina se apartó de él y secó sus lágrimas con discreción. Bebió de golpe el licor que quedaba en el vaso y cerró sus ojos para calmarse, inhalando profundo y pausado.

—¿Estás bien? —preguntó Héctor, preocupado.

—Sí, creo que ya tengo sueño.

Héctor negó con la cabeza, decepcionado.

—Siempre haces lo mismo.

—¿Qué?

—Siempre te cierras, nunca me explicas qué tienes… Contigo todo es un acertijo.

—¿En serio? —preguntó Corina molesta—. ¿Y qué significó eso de “nunca nada fue tan serio como eso” allá en la cocina? ¿Eso no fue un acertijo?

Héctor sonrió en la oscuridad, avergonzado por verse descubierto.

—No sé… Es que…

—Dime a qué te referías —le demandó Corina.

—A ver… —Héctor se tomó un momento para ordenar sus palabras—. Tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿no? Y a lo mejor está mal, pero siempre te he visto como algo mío.

—Pues sí, somos amigos. ¿Y eso qué?

—Pues que esta nueva información lo cambia todo. Como que pone límites muy claros conmigo.

—¿Casarme y construir un patrimonio no habían marcado límites suficientemente claros?

—Obviamente que sí, pero no sé… Como que siempre di por hecho que seríamos cercanos. Fuiste la primera persona a la que le conté que me iba a Tokio y aún recuerdo cómo no te importó despertarme en medio de la noche para platicarme por teléfono que Antonio te había pedido matrimonio en París. Creo que no estoy listo para que todo eso cambie, pero sé que tendré que hacerme a la idea.

Corina dio un largo suspiro.

—Llevamos dos años intentándolo.

Héctor la miró sorprendido.

—Soy un puto fracaso en todo lo que intento —dijo ella con amargura y sacó un paquete de cigarros del bolsillo de su abrigo. Se llevó uno a la boca para encenderlo.

—No sabía que fumabas.

Ella liberó una bocanada de humo.

—Los doctores dicen que para embarazarte debes dejar el alcohol, el café y el tabaco; pero tengo una amiga que concibió tomando dos litros de café diario, bebiendo cócteles cada fin de semana y vapeando todos los días al salir de la oficina. ¡Ah! Y trabajando para un jefe misógino e intransigente, así que ni el estrés significa nada. Al diablo con las recomendaciones.

—¿Por eso te saliste de trabajar?

—¿Qué, no se los dije? Supongo que a veces se me olvida —dijo con sarcasmo y se limpió con rudeza una lágrima que rodó por su mejilla—. Así que no te preocupes. Las cosas no cambiarán muy pronto que digamos.

Héctor le quitó a Corina su cigarro para darle una fumada. A ella le pareció extraño, pues nunca lo había visto hacerlo.

—Tampoco sabía que fumabas.

Él saboreó el humo.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí. Como que no creo que seas un fracaso, por ejemplo. Y que para mí siempre serás una mujer admirable; ya sea que fumes o no, te guste lavar platos o lo detestes y tengas o no un bebé.

Corina se echó a llorar en sus brazos y Héctor la consoló como sólo él sabía. Hablaron hasta las dos de la mañana, que se fueron a dormir.

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