David

Anoche soñé contigo. Tú no apareciste, es cierto, pero no hizo falta. Bastó con pronunciar tu nombre en mi imaginación y con me bastó para ser feliz. 

"David", recitaba de nuevo como hace años no lo hacía y el placer de decirlo inundó mi cuerpo de manera paulatina, liberando endorfinas con cada letra de tu nombre que se asomaba tímidamente desde mi interior.

Las D se resbalaron por mis dientes a modo de beso francés. La A llegó hasta mi boca como suspiro de satisfacción. La V me provocó morderme los labios con deseo. Y la I me dibujó una sonrisa por memoria muscular.

No necesitaba ver tus ojos grises para reconocerte. Lo único que requería mi memoria para evocar tu figura otra vez era enunciar tu nombre divino, que en mi etimología particular es equivalente al de un héroe legendario, como Aquiles u Odiseo, por ser el guardián mitológico de mis recuerdos.

Julieta le reprochaba a la noche que una rosa seguiría siendo la misma de tener otro nombre, pero es que no conocía el poder que guardaba el tuyo. Tú no seguirías siendo tú de llamarte de otra manera ni tampoco lo seguirías siendo para mí.

Por eso me basta con seguir soñando con tu nombre bendito. Porque despierta no me atrevo a pronunciarlo más que bajito, a modo de oración, para pedir que estés bien donde quiera que te encuentres.

Y quién sabe, quizás, por medio de su potestad, invocaré tu memoria y me recordarás otra vez.

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