Ya no me escribas o El amor en los tiempos de la mensajería instantánea

Un tecleo apresurado frente a tu pantalla. Un clic sin meditarlo en el botón de enviar. Una habitación que se ilumina por un aviso en mi celular y un corazón acelerado que no te deja de pensar.

Descubro el remitente del mensaje con apuro y por prudencia me niego a abrirlo en el momento que llegó. Sólo deslizo la pantalla para revelar su contenido, como niña que se cubre sus ojos pero abre sus dedos para espiar. Como si diera miedo. Es que sí me da miedo.

Observo el contenido del mensaje y noto que no es preocupante, pero aún así me inquieto al pensar cómo responder. Me debato entre aparentar sencillez, intelecto o madurez. ¿Y si hago una broma tonta para que te rías? ¿O si formulo una pregunta seria para obligarte a responder? ¿Son muchos jajajas de mi parte en un sólo mensaje? ¿Son estas las palabras correctas para ocultar lo que siento por ti?

Concluyo en ser natural y contestarte como a cualquier otro, pero no de inmediato, sino en el tiempo preciso. ¿Doce minutos después transmiten suficiente despreocupación? Oprimo el botón de enviar, pero ahí no acaba mi tormento, porque ahora toca esperar a que me quieras contestar. 

Desbloqueo mi celular varias veces como obligándote a responder por telepatía. Ya van dos horas que no me contestas. Cuatro horas después no hay confirmación de lectura. Me voy a dormir pensando que me castigaste por hacerte esperar.

Despierto y lo primero que hago es tomar mi celular por si has escrito. No hay nada incluso después de desayunar. De repente, casi al cumplirse un día completo de la última vez que te escribí, la pantalla de mi instrumento de tortura brilla por fin con la notificación: lo único que hiciste fue reaccionar con un corazón.

Te lo pido por favor, YA NO ME ESCRIBAS.

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