Enología
—Sí, es la Biblioteca Central
—dijo, llevándose su copa a los labios. La calidez de su aliento en mi cuello
me erizaba la piel, al tiempo que disfrutaba embelesada de la suavidad de su
colonia, esa que desde hace un par de años había adoptado como su sello personal y que persistía en mi memoria hasta el día de hoy. No pude evitar
sonreír al percibirla de nuevo emanando directo de su piel morena.
Le pregunté por el Estadio
Universitario y pasando su mano libre sobre mi hombro, señaló un diminuto campo
de fútbol a la lejanía. Dejé escapar una risita de satisfacción por el éxito
de mi treta. Aunque siempre nos dimos aires de intelectuales, era evidente que ambos
disfrutábamos del juego de hacerme la tonta.
Destellos dorados del sol vespertino entraban tímidamente por la ventana de la cocina, produciendo un efecto de caleidoscopio en el mosaico de la pared. Yo degustaba despacio la acidez de mi bebida mientras maquinaba mi próximo movimiento. Motivada por la débil embriaguez que entibiaba mi cuerpo y tomando ventaja de nuestra postura, lo único que se me ocurrió fue inclinar mi cabeza hacia atrás para apoyarme en su pecho, mientras continuábamos viendo el paisaje desde su edificio.
No tuve que esperar demasiado para que mi gesto fuera
correspondido, pues de la misma forma en que encajan dos piezas de
rompecabezas, mi compañero acomodó su mano en la curvatura de mi cintura. Mi
corazón palpitó sorprendido cuando lo descubrí acariciando mi piel y sólo alcancé
a musitar su nombre estremecida cuando, haciendo a un lado mi pelo, acercó su
boca a mi cuello y me empezó a besar. Su cabello enmarañado acariciaba mi
rostro y yo luchaba con todas mis fuerzas por no dejar caer al suelo mi copa
de cristal vacía.
—¿Puedo? —susurró en mi oído y aun
con el aliento agitado asentí con la cabeza.
Me quitó la copa de las manos y
la acomodó junto a la suya en la barra de la cocina, donde se sentó y me colocó
delante suyo. Se despojó de su camisa con un ademán que parecía ensayado y
observé sus brazos fuertes contorneados a la luz. Me sentí dentro de un sueño, fuera de la realidad, no sé si por efecto del alcohol o porque por mucho tiempo
pensé que esto sólo podía ocurrir en mis sueños más locos. Aún así, no
dudé en subir mis manos por sus brazos hasta su cuello y hacer mío
por fin un beso de sus labios.
Lo besé, nos besamos, sin ninguna reverencia por el tiempo que lo había esperado. Pude reconocer un poco
de vino en sus labios y cual Julieta buscando la ponzoña en su amado, me decidí
a beber de su boca todo lo que quedaba de él. Percibí notas de tabaco y
vainilla.
Mientras recorría los caminos de su
boca, quise hacer memoria del primer beso que me dio aquella tarde de hacía ya
diez años, pero me fue imposible. El hombre que tenía entre mis brazos no era
en absoluto parecido al que me enamoró tiempo atrás, cuando íbamos en la
escuela. Separó su boca de la mía y la dirigió hacia mis hombros. Desabotonó mi
blusa y yo cerré mis ojos con fuerza.
No imaginaba sentirme vulnerable. Cuando acepté su invitación, juré que sería como antes, que yo lo dominaría, pero desestimé lo
que el tiempo puede hacer con un hombre.
“España”, “Francia”, "Italia", "Chile”. Los principales países vinícolas
del mundo desfilaban en su refrigerador a modo de imán. Me quitó el sostén y
cerré los ojos de nuevo, olvidando por completo en qué país estaba yo.
Detuvo sus besos.
Hizo a un lado un mechón de cabello de mi frente y me preguntó con lo que,
imagino, fue una sonrisa burlona: —¿Por qué aprietas los ojos?
La respuesta era tan sencilla
como complicada: me estaba costando trabajo reconocer al
hombre que me quitaba la ropa.
—No lo sé —dije llevándome las manos a los ojos y él, tomándolas entre las suyas, las apartó de mi rostro después de un beso. Mi curiosidad fue mayor que mi miedo y abrí los ojos despacio. Poco a poco distinguí las facciones de mi acompañante y vi sus ojos negros, profundos, mirándome fijamente. Entonces lo reconocí: ahí estaba. La misma mirada que me regaló la tarde que me dijo que me amaba. Cuando nos quedamos solos en la biblioteca y por primera vez decidimos no avergonzarnos por lo que sentíamos.
Ahí estaba él. No era ningún extraño. Escondido detrás de las dos puntas de lanza de obsidiana con las que me veía, estaba el que alguna vez había sido el amor de mi vida. Esa tarde descubrió partes de mí que ninguno conocía. Nos acurrucamos y abrimos otra botella. Y mientras saboreaba el tempranillo que acababa de servir, no pude evitar pensar en lo bien que saben las cosas cuando se las deja añejar.
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