Pauli

Ayer te dejé abierta tu jaula. No terminaste ni de comer cuando reclamaste tu libertad. Aquí dejaste tu manzana, tus semillas y tu agua, que se ven un poco tristes ahora que tú no estás.

Como siempre quisiste, abriste tus alas verdes hacia el cielo azul que tanto te gustaba. Después de todo, siempre anhelaste ser otro de esos pajaritos que iban y venían a su antojo y se posaban junto a tu jaula para comer de lo que tirabas. Por eso no me sorprende que, en cuanto viste la oportunidad, te fuiste.

Es cierto que te gustaban las palomitas, el cereal azucarado y las galletas con chispas, pero elegiste la dulzura de los duraznos silvestres, las copas de los ciruelos, picotear el maíz en mazorca, todavía sembrado en la milpa, y los cargados tejocotes y manzanos del vecino, a riesgo de encontrarte con algún espantapájaros. 

Te fuiste tan deprisa, que olvidaste aquí a tu leal compañero, con quien tanto te peleabas pero que también tanto querías. Te fuiste tan deprisa que te olvidaste de Fili, de Coyo, de Blackie, de mí. 

Seguiste al pajarito rojo que siempre nos visitaba. Te empeñaste en emprender el vuelo hacia el horizonte nevado. Te elevaste con el humo de la cocina de leña de mi vecina. Y te convertiste en luz para vagar con las luciérnagas. 

Si decides regresar un día, tu hogar te seguirá esperando. Porque nadie te podrá reemplazar: ni el perro más leal ni el ave más hermosa, ni la que posea el color más esplendoroso o el canto más maravilloso. Nada podrá compararse con las veces en que me llamabas por mi nombre y, como un secreto a voces, decías que me querías.

Siento un vacío en el estómago, en el corazón, en alma. No tienes idea de cuánto me duele tu ausencia. No quiero ni mirarme al espejo porque sé que no estarás sobre mi hombro. Pero confío en que, donde quiera que estés, seas muy feliz, ahora que por fin eres libre. Abre tus alas sin remordimientos, porque aquí en la tierra fuiste muy amado. Espero que estés contento allá arriba, en el Cielo, que tanto te gustaba.


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