Abecedario

Un día de hace mucho tiempo, A escribió un cuento sólo para impresionar a B. El plan resultó tal como lo esperaba, pues sabía de antemano que a B le gustaban los cuentos de C, quien escribía relatos que ganaban concursos y que B había conocido en un campamento en su juventud.

Con el paso del tiempo, sin B ni C en el horizonte, A continuó escribiendo sin darse cuenta de que no sólo le gustaba, sino que lo necesitaba tanto como respirar. Muchos años más tarde, A empezó a salir con D sin darse cuenta de que, al igual que la vez pasada, su nuevo rival de amores, E, también escribía.

A descubrió los escritos de E y aprendió un par de cosas. E, por otro lado, encontró los de A y dejó de escribir. A llegó a decir que D fue lo mejor que le pasó a su escritura y aunque es verdad que por un tiempo fue su mayor musa, su más profunda inspiración siempre provino de B.

A continuó escribiendo sin B, C, D y E como sus testigos, incluso cuando perdió a F y G como lectores asiduos; pero para ese entonces ya no lo hacía para nadie más que para sí misma, a forma de pasatiempo y, al mismo tiempo, menester.

Al final, no importa si A comenzó a escribir en serio por B, si se inspiró en C, si escribió sobre D o si aprendió algo de E. Tampoco importa si una noche inmortalizó a F en un poema ni si escribió un cuento para G que hasta mandó a encuadernar. El resto del abecedario con el que escribió sus textos tampoco es relevante. Lo único que importa de esta historia es que a A le gusta escribir. Y que sigue escribiendo. Y lo está haciendo ahora mismo. Porque la única constante en su vida ha sido escribir.

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