Cualquier día de cualquier año en cualquier lugar del mundo
El primer día que me pegó creí que era una pesadilla. Cuando distinguí mi rostro en el espejo entre lágrimas de densa neblina, me pareció ver en el reflejo a la mujer del Resplandor. Mis ojos eran los mismos de Shelley Duvall huyendo de Jack Nicholson. Tenía la misma cara roja e hinchada de tanto llorar.
Nunca imaginé que este sería mi destino. Cuando escuchaba de mujeres maltratadas, las menospreciaba por creerlas lo suficientemente irresponsables como para meterse con un golpeador. "Esas cosas se ven desde el noviazgo", decía sintiéndome superior a ellas. Y aunque es verdad que se pueden distinguir ciertas señales, me creí más inteligente y por lo tanto segura, pensando que ese tipo de cosas nunca me iban a pasar a mí. Qué ingenua fui.
Yo sabía que era violento y ya me lo había demostrado. Desquitaba su enojo y frustración golpeando y aventando cosas. Nunca lo vi pegarle a nadie, ni siquiera a un perro, y por la manera en que decía que me amaba, pensé que nunca se le ocurriría pegarme a mí. Qué equivocada estaba.
La noche que nos peleamos sentí su bofetada ardiente en mi rostro. Comencé a llorar enloquecida suplicando auxilio y él me apretó la boca con fuerza para que dejara de gritar. Yo seguía exhalando gemidos de dolor. No podía respirar. Mis hombros se sacudían de arriba hacia abajo con rapidez y violencia tratando de aspirar oxígeno por una rendija entre sus dedos. Cuando me tomó por el cuello, pensé que me iba a matar.
No vi toda mi vida pasar delante de mis ojos, como dicen algunos. Sólo me quedé pasmada, aterrorizada. Cuando me tuvo compasión y me soltó, fue hasta que la vi: aquellos míseros treinta años que se me pudieron haber ido con un movimiento suyo en falso. Yo solía correr carreras. Ganaba medallas. Escalaba montañas. No sé cómo fui a parar aquí.
Me apresuré a encerrarme en el baño. Algo me molestaba en los labios y encendí la luz para mirarme al espejo. Ahí estaban, los rastros malditos de sus manos en mi cara: mi mejilla encendida por su bofetada y el moretón inflamado de una cortadura en mi labio inferior provocada por el filo de mis dientes contra mi boca. "Aquí está su justicia poética", pensé, haciendo memoria de las personas que yo había lastimado. Me venían un par de nombres a la cabeza. Si a esto había quedado reducida mi vida con tal de hacerles justicia, la acepto. De cualquier manera, no soy tan valiente como para huir de mi agresor.
Una parte de mí se sentía satisfecha. Desde hacía tiempo, ansiaba que su agresividad dejara en mí un rastro visible, algo que les hiciera preguntarse a los demás qué estaba ocurriendo en nuestra casa y que le funcionara a él para recapacitar su violencia hacia mí. Las puertas azotadas y los cojines golpeados no eran evidencia. Necesitaba una lesión manifiesta.
Algunas veces pensé en maquillarme, usar sombras moradas y negras para aparentar un moretón. "No", me decía a mí misma, "la verdad siempre sale a la luz". Al final tuve razón. No necesité fingirla. Él me la dio sin pedirla.
Entró en el baño a trompicones. Utilizó un cuchillo de la cocina para forzar la cerradura. Miró las gotas de sangre de mi labio amoratado y se dejó caer al piso, soltando el utensilio. Se hincó delante de mí. Me lloró y me suplicó perdón. Y me juró nunca más volver a hacerme daño.
Ha pasado un año desde entonces; más de un año de que no me pone un dedo encima. Pero creo que se debe, en parte, a que ya aprendí a no hacerlo enojar.
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