Otoño (I)

I - II - III

I

Esa tarde, la lluvia mojaba la alfombra de hojas amarillas que había tejido el otoño y las pocas que quedaban todavía en los árboles semidesnudos, las tiraba con su paso. Sonará tonto, pero las compadecí por lo mucho que me vi a mí mismo en ellas, porque no es fácil dejar el único lugar que has conocido toda tu vida.

El crujido de las hojas se hacía cada vez más silencioso y por segunda vez detesté la lluvia, primero por arruinar mi paseo solitario y después por quitarme el placer de escucharlas sonar bajo mis pies. De cualquier manera, necesitaba salir y despejar mi mente. O quizás pensar. Y qué mejor que hacerlo en el café de la esquina, un lugar apacible que siempre fue mi lugar de escape.

A diferencia de otras veces, el lugar estaba lleno (una razón más para despreciar el clima), pero me animé a quedarme al ver un sillón solitario con una mesita en el fondo. Pedí un pumpkin latte y ya en mi lugar predestinado, me puse a dibujar. Casi siempre llevo en mi mochila mis lápices y una libreta, que es para mí una mejor forma de pasar el tiempo que perdiéndolo absorto en el celular.

Mientras tomaba el café, me entretuve pintando retratos de los clientes, que entraban empapados haciendo sonar la campana de la puerta. Abrigos cafés, ocres y rojos, bufandas de cuadros, camisas de franela; era un festín para la vista tanta textura y color. Muchos se quedaban a leer un rato, otros se iban de inmediato rechinando los dientes por tener que salir de nuevo al frío de la calle. Mi mente estaba aquí, eso era lo que importaba, y no en el departamento o en el trabajo o en casa de mis papás. Por fin estaba teniendo un momento de tranquilidad después de tanto ajetreo.

Saqué de mi mochila la caja de lápices de colores que había comprado el verano pasado y sólo tomé carmín, terracota, mostaza y algunos colores parecidos para darle a los dibujos luz y profundidad. De repente, entre la multitud, un abrigo morado ciruela que resaltaba entre los colores cálidos y otoñales. Recordé haber visto antes uno igual, pero no estuve seguro en dónde. Saqué un color parecido de la caja y al dar los primeros trazos con él, la imagen me vino de repente: ella.

A pesar de que hacía un calor infernal dentro del pequeño local (al que parecía habérsele descompuesto la calefacción), volví a enroscar mi bufanda en el cuello y cubrí mi boca y nariz. ¿Será era ella? ¿Aquí? ¿Después de tanto tiempo? ¿Cómo? Las preguntas llegaban atropelladas a mi cabeza. No quería levantar la mirada, pero me obligué a ser valiente y en efecto, era una chica la dueña del abrigo morado que vino a quitarme la calma. Estaba de espaldas, pidiendo el café al barista y recé porque ese largo pelo negro no fuera el que yo conocía. Ella volteó al sentir mi mirada, supongo. Cómo odio ese fenómeno, en especial porque jamás le hallado una explicación. Me volteé deprisa y al hacerlo, derramé con mi brazo el café encima de la mesa y de mi pantalón. Soy un completo imbécil.

Me paré de un salto, adolorido por la alta temperatura que aún conservaba mi bebida, sin saber por dónde empezar a limpiar. Pasé un par de servilletas sobre las hojas de mi cuaderno, que a partir de entonces fueron cafés, y cuando me quedé sin nada para secarme, un guante negro de piel me extendió una servilleta. Ella y su manía de hacerse la heroína.

—¿Estás bien? —preguntó y yo recibí el papel sin mirarla.

—Sí, no es nada, gracias —contesté y me volteé en parte por la vergüenza que me embargaba debido a mi torpeza y en parte, para esconderme de ella. Yo la observaba de reojo.

—Oh, tus dibujos se estropearon —dijo ella con lástima mirando mi libreta abierta. —Espera un momento. Estos dibujos... ¿Fernando? ¿Eres tú? —preguntó agachándose para encontrar mi cara.

Hacerme el desentendido en este punto hubiera sido ridículo, a pesar de que era lo único que quería hacer; especialmente porque soy un inepto en el arte de fingir emociones que no siento.

—¿Lucía? ¡Vaya! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado? —pregunté fingiendo fascinación, con mis pésimos dotes de actor.

—Bien, gracias. Oh, suena tan raro escucharte decirme “Lucía” —dijo ella con una ligera risa, haciendo referencia a que yo siempre la llamaba “Lucy”. Luego siguió: —No te reconocí sin tus lentes. Vine de visita, a ver a mis papás. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti? ¿Cómo está tu mamá? —preguntó, acercando una silla vacía a mi mesa, sin pedirme permiso. Típico de ella.

—Bien, bien. Fui a visitarla el fin de semana pasado. En realidad, ahora estoy viviendo a unas calles de aquí con mi novia, Rebeca —dije arrepintiéndome de inmediato.

—¿De verdad? De haberlo sabido antes, habría venido a visitarte… Bueno, es que ha sido tanto tiempo sin saber de ti. Cinco años, ¿no?

—Cinco y medio —corregí. Qué estúpido.

—Sí… Oye, voy a estar aquí todo el fin de semana, deberíamos vernos.

—No lo sé, Lucía, yo… Tengo mucho trabajo, ¿sabes? La agencia me…

—¿Todavía eres ilustrador en la editorial? —me interrumpió. Como siempre. Era la misma de siempre.

—Sí, bueno, ahora soy jefe del departamento de arte, por eso tengo más responsabilidades y bueno, mañana tengo que estar al pendiente de la oficina porque…

—Anda —insistió interrumpiéndome otra vez—, hace mucho que no nos vemos y no quisiera irme de aquí sin haber hablado contigo.

—No tenemos nada de qué hablar, Lucy —le dije sin pensar. Era cierto, pero me salió del alma, no de la cabeza; y no lo dije yo, sino mi yo de hace tiempo, y la prueba está en que le dije Lucy.

—Sólo un café temprano, prometo no quitarte el tiempo —dijo ella y tomando el lápiz morado de la mesa, escribió en la última página de mi libreta—. Mira, te dejo mi número y me mandas un mensaje si tienes tiempo, ¿está bien? Ya debo irme, pero piénsalo. Estaré esperando tu mensaje. ¡Hasta luego!

Se despidió de mí con un beso en la mejilla, con el que pude percibir el aroma del pumpkin latte que ella acababa de pedir. Me lleva. Recordé de dónde le había tomado el gusto a la bebida y luego de verla salir por la puerta, tiré lo que sobraba de mi vaso al bote de la basura y me fui.

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