Otoño (III)
III
A la mañana siguiente, Rebeca se levantó temprano para continuar con los trámites de su viaje. Estaría fuera todo el día, así que decidí tomarme la mañana para mí. A las diez en punto llegué al mismo café de antes y me sorprendí al contemplar que Lucía ya estaba ahí, luciendo de nuevo su largo abrigo morado. Me gustaba la manera en que contrastaba con su piel.
—¡Fernando! —gritó ella para llamar mi atención mientras el vendedor me ofrecía mi bebida. — ¿Cómo estás? —preguntó al tiempo que me sentaba a su lado en la esquina del fondo.
Evidentemente, la serie de sucesos del día anterior, iniciando por mi extraño sueño del avión, habían cambiado mi perspectiva sobre Lucía. Este encuentro no se parecía en nada al primero. Esta vez me encontraba lleno de ánimo, curiosidad y, aunque me cueste decirlo: esperanza.
—Bien, Lucía, gracias, ¿y tú? Oye, no lo vas a creer, pero ayer encontré unas cosas tuyas en mi casa y hallé una carta que...
—¡Justo de eso quería hablarte! —interrumpió ella. Su repentina reacción me puso nervioso.
—¿En serio? —titubeé al preguntar, notando el sudor de mis manos. Era imposible, ¿en verdad Lucía había estado pensando en ello? Proseguí: —¿Tú…? Bueno… ¿De verdad te acuerdas de esa carta? —pregunté por fin.
—¿Carta? ¿Qué carta?
—Bueno, admito que no es una carta como tal, es más bien una nota, pero ¡vaya! Yo…
—¿De qué me estás hablando, Fernando?
—¡De esto! —dije sacando el papel doblado del bolsillo interior de mi chamarra. —¡Tú la escribiste! Hace mucho tiempo ya, es cierto, pero… ¿No te acuerdas?
Lucía tomó el papel entre sus manos soltando una esencia a canela al dejar su café en la mesa y mientras la leía, miré por la ventana. Era otoño, igual que cuando escribió aquella nota, porque todavía me acordaba de aquél día en que le di la hoja rojiza que mencionaba en el texto. En esa ocasión, habíamos ido por pumpkin lattes a su cafetería favorita y pasamos a una librería, donde compró "Lo que el viento se llevó", de Margaret Mitchell. Teníamos poco de haber visto la película y me dijo que quedó tan fascinada por el personaje de Scarlett O'Hara, que tenía que saber más sobre ella. Nos acurrucamos en una banca del parque y comenzamos a leerlo juntos, y como no tenía con qué separar sus páginas, levanté del piso una hoja seca de un rojo intenso y se la di. Ella la agradeció con la emoción de niña que la caracterizaba y me dio un cálido beso en los labios.
—Fernando... —emitió ella débilmente cuando terminó de leer. Es verdad que hacía mucho que no la veía, pero pude reconocer en su rostro la expresión de vergüenza que solía poner cuando algo se le salía de control.
—No te acordabas, ¿cierto? —dije recibiéndole la nota sin poder verla a los ojos.
—Honestamente, ya no me acordaba, pero es muy bonita, gracias por traerla —dijo ella, condescendiente. Tenía que reconocerlo, en esta ocasión, mi humillación la había patrocinado yo mismo, no ella.
De tanto que había leído la nota, memoricé su contenido de manera involuntaria y ahora, cada palabra que llegaba atropellada a mi cabeza la sentía como una bala estallando contra mi pecho; en especial esa última línea, que ahora no podía evitar sentir que se burlaba de mí a carcajadas: "Y si un día llegamos a separarnos, te prometo que haré todo lo posible por regresar a tu lado. Te amo y te amaré por siempre."
—Fernando, ¿qué esperabas? —me preguntó rompiendo el silencio—. Teníamos 16 años, eran promesas de niños. Las cosas que uno dice a esa edad no deben tomarse en serio —dijo resoplando burlona y dándole un sorbo a su café.
Ahí estaba de nuevo, la Lucía que yo recordaba, dándome un discurso sin sentido que yo escuchaba sordamente. El bochorno de haberme humillado frente a ella después de tanto tiempo de no vernos había sido espantoso, pero lo verdaderamente insultante había sido su sermón, en el que prácticamente me tachaba de ingenuo por pensar que lo nuestro había sido en serio.
—Lucía, ¿para qué me citaste? ¿Qué es lo que quieres?
—Reunirme nuevamente con un viejo amigo. Fernando, mira, me voy a casar —dijo ella y se quitó los guantes para mostrarme un reluciente anillo en su dedo anular—. Me mudo a Nueva York y quizás no vuelva dentro de mucho tiempo. Vine a casa de mis padres por algunas cosas porque estoy preparando la mudanza con mi prometido y nunca esperé encontrarte, así que cuando sucedió, no podía dejar pasar la oportunidad de saludarte y saber qué ha sido de tu vida. ¿Por qué? ¿Qué creías?
De todo lo que me había dicho, de esta totalmente nueva información que acababa de darme y que mi cerebro no terminaba de procesar, sólo me alcanzó para intentar defenderme ante su última acusación.
—No creí nada —le respondí enojado. Lucía era lo bastante perspicaz como para darse cuenta de que, en efecto, yo había pensado otra cosa (y la evidencia estaba en mi contra en este momento), pero también era lo bastante arrogante como para hacer suposiciones con tan poca información y ella lo sabía. Concederle la razón hubiera sido un suicidio. En especial, cuando tenía un plan de respaldo—. No creí nada, Lucía —le repetí, más calmado—. Sólo era una anécdota. En realidad, venía a traerte esto —dije y pasé de su lado la caja que había llenado con sus cosas. Pesaba tanto como en mi cabeza el hecho de que estuviera a punto de casarse.
—¿Qué es? —preguntó con ingenuidad mientras yo me la imaginaba, no por primera vez, vestida de blanco, caminando hacia el altar.
—Son tus cosas —respondí. Algo dentro de mí me decía que una vez entregado esto, mi exorcismo de su voz, sus ojos y su risa estaría completo de una vez y para siempre.
—¡Vaya! ¡No recordaba todo esto! —exclamó realmente sorprendida y denotando algo de incomodidad. Apuesto a que por su mente pasó lo mala que había sido su decisión de citarme.
Mientras yo me regodeaba por haberme anotado un punto a mi favor, Lucía era hábil para emparejar el juego o bien, para ganar. El problema fue que en ese momento no lo vi.
—Lamentablemente yo no tengo nada para darte —dijo con lástima fingida.
—No te preocupes —respondí confiado—, seguro que en la mudanza encontrarás algunas cosas. Puedes dejármelas con tu mamá, si quieres.
—No, lo que pasa es que yo tiré todo.
Dicen por ahí que cuando te rompen el corazón sientes una especie de golpe en el pecho y se te dificulta la respiración. Así me pasó hace cinco años y medio, cuando Lucía me dejó por un patán. Esta vez sentí como si me hubieran roto algo físico, la nariz, un hueso, quizás algo así como un gancho al hígado. Fue un golpe bajo, eso es seguro, pero al menos estaba confiado de que no necesitaba doctor.
—Sí, me deshice de todo —repitió en un falso suspiro mirando hacia el techo—, pero gracias por el vinilo de Hotel California. Mi papá se volverá loco cuando lo vea de regreso.
Ahí estaba otra vez la Lucía que yo conocía, dándole un sorbo mustio a su vasito de cartón, soplando por la boquilla para no tomarlo tan caliente, mientras se regocijaba por dentro de haberme dejado sin habla.
Luego de una pausa que para mí se sintió como una eternidad, no pude evitar preguntarle:
—¿Los aretes de oro que te regalé en tu cumpleaños...?
—Sí.
—¿El peluche de armadillo que gané para ti en la feria después de no recuerdo cuántos intentos?
—Ese fue el primero. Me incomodaba mucho al dormir.
—¿Las manualidades, las cartas?
—También.
—Estás mintiendo.
—No, Fernando. No te lo voy a negar, me dolió un poco, pero preferí hacerlo sin ponerme a meditar mucho en ello. ¿Qué quieres? Nunca creí que volveríamos a vernos y tendría la oportunidad de devolvértelo todo.
Estaba sorprendido. Esta mañana no sólo me había sentido mortificado por darme cuenta de lo iluso que fui al creer que a ella le importaba la promesa que me hizo. No sólo entendí que para ella las cosas entre nosotros no habían sido en serio, sino que confirmé que jamás, nunca en su vida, le importé un bledo. No podía creer que tuviera la frialdad de tirarlo todo a la basura, sin rastro de remordimiento, después de que a mí mismo me costaba deshacerme de tanta bazofia incluso aunque representaran la raíz de mi sufrimiento. Me quedé un rato en silencio y ella intervino:
—La verdad, después de mucho pensar, decidí hacerlo creyendo que en algún punto en el futuro tú harías lo mismo, sin reparar en todas esas noches sin dormir en que me pasaba pensando en el regalo perfecto para ti o las mañanas despertando en la mesa de mi comedor, después de hacerte alguna manualidad, pero...
—Sólo quiero saber —dije interrumpiéndola yo por primera vez, sin prestarle atención a su defensa inútil—, ¿cómo es que mientras andabas conmigo tenías guardadas las cartas y peluches que te dio Daniel y en cambio conmigo lo tiraste todo? No entiendo —pregunté.
—No quería ver nada que me recordara a ti, punto —respondió—. Daniel y yo terminamos en buenos términos; de hecho, aún seguimos siendo amigos en un extraño sentido. Pero tú y yo, pues... fuimos todo y después nos convertimos en nada. Y luego tú me hiciste ver que ya no me querías en tu vida y quise apoyarte en tu decisión de borrarme de ella. Nos hice un favor a los dos, para que entiendas.
Me paré de la silla por inercia.
—No sé ni por qué vine —dije sin mirarla.
—Fernando…
—No, Lucía, olvídalo —le contesté poniéndome la chamarra otra vez.
—Fernando —dijo ella poniéndose de pie—, no puedo entender cómo es que después de tanto tiempo sigas poniéndote así conmigo. Creí que ya podríamos ser amigos.
—Pues no es así.
—Tú lo prometiste, Fernando. Dijiste, y te cito, que cuando estuviéramos listos volveríamos a ser amigos. No tienes derecho a juzgarme por aquella carta cuando para ti tus promesas tampoco tienen valor.
—Eran promesas de niños —dije repitiendo sus palabras sin creerlo. —Y de cualquier manera, esta reunión no hizo más que demostrarnos que no estamos listos para ser amigos.
—No, eres tú quien no está listo —dijo saliendo de la cafetería detrás de mí a tropiezos, cargando con su caja—. Y no sólo eso, deja de engañarte, de engañarnos y mejor dime de una vez que nunca vamos a ser amigos.
—¡Nunca fuimos amigos! Y la verdad es que no le veo ningún sentido ahora. Aunque quisiera, no podría. No eres alguien de quien valga la pena ser su amigo.
Lucía se quedó callada y pude notar cómo se esforzaba por contener las lágrimas.
—No puedo creer que me guardes tanto rencor.
—No es rencor, Lucía. Sólo es hartazgo. Ya no tengo nada más que darte y tú tampoco tienes nada que ofrecerme a mí. Esta caja era lo único que nos faltaba para decirnos adiós para siempre. Ahora sí, ya no hay motivos para volver a vernos. Después de esto, ya no hay nada que nos una —concluí, mirando la nota de la discordia que sobresalía de la caja.
—Nos une el pasado, Fernando.
—Quizás, pero no es un lugar en el tiempo donde me gustaría vivir.
Lucía comenzó a llorar quedito. Recordé todas esas veces en que yo la consolaba y con amor enjugaba sus lágrimas y le decía cosas bonitas. No fueron pocos esos momentos. Lucía era una chica apasionada, muy sentimental. La vi ahí, tan vulnerable, conteniendo sus lágrimas y parada con su caja de cartón como quien acaba de ser despedido de su trabajo después de varios años. Supongo que de algún modo había sido algo parecido, porque la estaba despidiendo de mi vida para siempre.
Sé bien que quizás estaba pecando de ingenuo otra vez, pero la imagen que tenía de ella, ese ser infernal que hacía sufrir a los otros sin importarle nada, se vino abajo. Quizás no era una mala persona. Tal vez sólo cometía errores como todos los demás. Tal vez la había idealizado tanto cuando fuimos pareja, que por eso me dolió tanto descubrir cómo era en realidad.
Me acerqué a ella y la abracé. Se intensificó su llanto. Por un momento pensé que esta era nuestra función: la de ella, liberar sus sentimientos y la mía, estar ahí, para apaciguarlos. Escondió su rostro en mi pecho y yo acaricié lentamente su pelo que caía como cascada en su suave abrigo morado. Lentamente dejó de llorar y nos separamos despacio.
—Perdóname, Fernando —dijo ella con los ojos hinchados.
—No tienes nada de qué…
—No, en serio. Lo siento —dijo ella interrumpiendo—. Lamento todo lo que pasó.
No quise decir nada más. Por primera vez, hizo bien en interrumpirme, porque en realidad, sí tenía mucho por qué disculparse. Por dejarme, por lastimarme y luego intentar recuperarme otra vez. Por amarme, por odiarme y por quererme en su vida una vez más. Estaba llena de contradicción, igual que toda nuestra relación. Quizás sí le guardaba rencor y necesitaba perdonarla. Y tal vez por eso tenía que verla, para poder deshacerme de ella.
Durante mucho tiempo fuimos perseguidos por el recuerdo de cada uno. Éramos fantasmas que aún después de muertos salíamos al camino del otro para de vez en cuando asustar. Sin embargo, aquella tarde gris de otoño los fantasmas tomaron cuerpos. Y se abrazaron. Y se perdonaron. Y se dejaron descansar.
Lo que me encanta del otoño es que es la época del año en que las hojas tienen vida por última vez, y es justo cuando se preparan para morir que se ponen más bonitas. Lucía y yo habíamos tenido primaveras y veranos, pero nos hacía falta un otoño para decirnos adiós. Esa tarde, al llegar a casa, la última hoja del árbol de enfrente cayó al piso delante de mí. Fue entonces cuando supe que por fin había llegado el invierno y estaba listo para pasar mis primaveras al lado de Rebeca.
FIN.
Comentarios
Publicar un comentario
Comentar