Otoño (II)
II
Regresé a casa sin poder dar crédito a lo que acababa de pasar. Habían pasado tres años y medio de que no sabía de ella en absoluto y ahora, como si nada, llegaba a pedirme un café para aumentar con ello las presiones en mi vida. Porque, después de todo, ¿de qué quiere hablar conmigo?
Llegué exhausto y me tiré en el sillón, aventando mi gorro lo más lejos posible, como si aquella prenda fuera la habitación de mis tortuosos pensamientos.
—¿Fernando? —Llamó una voz desde el segundo piso. —¿Tan pronto llegaste? Creí que irías a la editorial.
—No. Fui por un café, nada más —respondí sin muchos ánimos.
—Aquí tenemos café —comentó Rebeca bajando las escaleras.
—Necesitaba salir.
—¿Entonces por qué llegaste tan pronto?
—Digamos que ya tampoco podía estar ahí.
—¿Tampoco?
Rebeca era una mujer divina. Era alta, de blanca piel y de cabello largo y castaño claro que combinaba con el azul de sus ojos. Era la mujer más bonita que había conocido y la más buena también, pero carecía del ingenio suficiente para detectar que luego de un año de estar viviendo juntos, las cosas entre los dos empezaban a decaer. Lucía, contrario a ella, era muy inteligente, aunque déspota, dominante y desesperante hasta el hartazgo, o al menos así es como yo la recordaba.
Durante todo el primer año en que estuvimos lejos, Lucía insistía en verme y hablar. Supongo que quería calmar su conciencia luego de cómo me había tratado. Nunca accedí. Incluso mandó a su amiga a decirme que quería hablarme, tratando de persuadirme con que Lucía estaba muy triste y que quería volver conmigo, pero jamás cedí. Al final, cada uno es responsable de sus propios errores y esa era la última lección que yo le quería dar y que ella debía aprender de mí.
—Fernando, te pregunté algo.
—¿Eh? ¿Qué?
—Que si siempre sí me vas a acompañar por la visa.
—Eh, sí, no, Rebeca. No creo poder ir —dije mientras me acomodaba en el sillón. Ella me miró y se acercó hacia mí. Así, acostado, la tomé de la mano y la senté a mi lado.
—Amor, esto es inminente. Lo sabes, ¿verdad? —me dijo ella, acariciando mi cabello con su mano libre.
—Lo sé, hermosa —le dije, acercando su mano hacia mí para besarla.
—Es que no parece haber cambio en ti, Fernando. Ya lo hablamos mil veces y no te veo convencido de venir a Chicago conmigo.
—¿Es que por qué tienes que ir? —pregunté y ella se paró enojada y caminó hacia la cocina. La entiendo, no era la primera vez que esto sucedía. Aun así, continué: —¡Aquí estamos muy bien! ¡Creí que te gustaba tu trabajo en la escuela!
—¡Y me encanta, Fernando! ¡Pero entiende que este curso es mi oportunidad! Y si tú no me apoyas…
—Rebeca… Sólo… déjame pensarlo, ¿sí? Sólo… Es más, ni siquiera pensarlo, sólo asimilarlo. Asimilarlo —repetí para mí.
Esa noche soñé con Rebeca. Soñé que íbamos a Chicago, como ella quería, pero una vez en el avión, había turbulencia. Yo entraba en pánico, decían que la nave estaba a punto de caer y entonces llegaba Lucía; me ayudaba a poner una máscara de oxígeno y luego entraba en la cabina a manejar el avión. No supe si nos salvaba a todos porque me despertó mi alarma, pero un sentimiento de confianza y tranquilidad me inundó al levantarme.
Rebeca había dejado el desayuno hecho porque se había ido muy temprano para sacar la visa. Como pensaba tardar todo el día, también me había dejado un plato de sopa fría. Le gustaba cocinar para mí, aunque no supiera hacerlo, y yo se lo agradecía comiéndolo de todos modos. Saqué del refrigerador una botella de jugo de uva a medias y entonces me acordé del abrigo de Lucía.
Tomé la libreta que había dejado sobre el tendedero de la cocina para que se secara del todo y miré el número anotado en la última página. Arranqué la hoja y la arrugué con mi mano mientras me llevaba un pedazo de tocino a la boca. Luego lo extendí. Desayuné contemplando el papel, preguntándome qué hacer. Pensé que cualquiera que fuera mi decisión, no podría evitar que Lucía pensara mal de mí. Si no iba, creería que aún tengo sentimientos hacia ella y que soy un cobarde por no enfrentarla; y si iba, quizás pensaría lo mismo, que todavía siento algo por ella y que estoy a su disposición. No sabía qué pensar. En cualquier otro momento hubiera sido muy claro: no iría y me valdría un comino lo que ella pensara de mí. Pero mi sueño me había dotado de una nueva actitud de benevolencia hacia quien tiempo atrás fuera mi victimaria y le di el beneficio de pensármelo de verdad.
Comencé a dar vueltas por el departamento, pensando sólo en Lucía. Conecté mi celular y puse música al azar en el estéreo. No supe cómo, pero de un momento a otro, cada canción me recordaba a ella y cada cosa que tenía en el departamento me decía algo de mí sin ella: el librero que albergaba mi colección de Canción de Hielo y Fuego, a la que le faltaba Choque de Reyes porque ella se lo había quedado. El par de tazas de Disney que Lucía había dejado en mi casa para cuando viviéramos juntos y que Rebeca, ignorando a quién pertenecían, me había pedido conservar porque se había enamorado de ellas. Miré mi vinilo de Hotel California, que en realidad era de su papá, pero que me lo había regalado escondidas porque sabía cuánto me gustaba la canción. Así era ella, no le importaba a quién dañara mientras se hiciera lo que la llevara a ser feliz, aunque fuera por un breve instante.
Tenía tantas cosas de Lucía que, en una epifanía, me llegó la idea perfecta: iría. Iría con ella, pero sólo para devolverle todo lo que había dejado conmigo. Busqué una caja de la mudanza y metí con cuidado las tazas y el vinilo, por mucho que me doliera ese último. Me puse a recorrer la casa y encontré algunas fotos de ella metidas en libros viejos a modo de separador. Después de todo, aunque yo las había tomado, eran más suyas que mías ahora. Encontré películas, CDs y un par de libros que me prestó hace años, pero la caja aún se veía vacía. Fue entonces cuando recordé una vieja caja de zapatos que tenía guardada en mi clóset, donde había escondido algunas cosas personales que nunca tuve el valor de tirar.
Subí a mi habitación y la encontré hasta arriba, en el fondo del maletero. Limpié las espesas capas de polvo que tenía encima y miré adentro: manualidades rotas, llaveros, cartas arrugadas y un viejo cuaderno de dibujo del que no recordaba su contenido. Lo hojeé con curiosidad y me llevé una gran sorpresa al descubrir que entre sus páginas amarillentas habitaba una versión de Lucía en segunda dimensión de Lucía. Era mi cuaderno morado.
Las hojas estaban llenas de dibujos míos de ella: de su rostro, de su cuerpo completo, de su cabello largo y brillante, de sus ojos cafés y sus labios morados, que ella pintaba con labial y yo con un lápiz afilado. Tenía dibujos de ella de cuando íbamos en la escuela, cuando la dibujaba desde mi lugar sin que se diera cuenta. Tenía retratos de ella dormida en el autobús, comiendo en la cafetería, jugando básquetbol. Tenía bocetos de su sonrisa, fotos de ella con caras graciosas y hasta caricaturas de Plutón, el perro chihuahua viejo y ridículo que tenía en casa de sus padres.
Comencé a pasar las hojas emocionado por dos cosas: la primera, por ver cuánto habían evolucionado mi técnica y estilo, y la segunda, por recordar el gran amor que le profesaba a esta chica. Nunca me había enamorado como de ella y me costaba admitirlo, pero sabía que nunca me iba a enamorar igual. Ni siquiera de Rebeca, por muy buena y perfecta que fuera; y eso fue algo que siempre he sabido y que me persigue hasta la fecha, por más que lo quiera ignorar.
Seguí revisando el cuaderno y entonces un papel doblado cayó de él. Mis ojos no dieron crédito a lo que recogí del piso. Era una carta de Lucía que nunca había visto:
“Querido Fernando:¡Ya descubrí el cuaderno que nunca me dejas ver! Tienes un talento maravilloso y amé cada uno de los dibujos que hiciste de mí, aunque creo que me hiciste más bonita de lo que soy en realidad.
Me encantaron los detalles que les hiciste a mis manos en el dibujo de la hoja rojiza que encontramos ayer. ¡Qué risa me dio cuando vi que me dibujaste el lunar que tengo con forma de nave espacial! Incluso me pusiste la cicatriz que me dejó la mordida de Plutón cuando tenía ocho años. Eres brillante. Sé que nunca encontraré a nadie que me quiera como tú. Prométeme que me querrás por siempre, porque yo lo haré. Y si un día llegamos a separarnos, te prometo que haré todo lo posible por regresar a tu lado. Te amo y te amaré por siempre.
Tu Lucy.”
No pude soportarlo. Las lágrimas cayeron de mi rostro como si nunca antes hubiera llorado por ella o por nada. Y tal vez esa era la verdad, hacía mucho que no derramaba una sola lágrima por cualquier cosa. La última creo que había sido hace tres años y fue por el recuerdo de ella. Y quizás no ayudaba el hecho de que me sintiera presionado por todo, porque exploté. Estallé en llanto llamando a Lucy, diciéndole que, si no se hubiera ido, podría seguir aquí en casa, cerca de todo lo que conocía y amaba y no dejando el país por alguien a la que quizás jamás había querido como a ella.
Sequé mis lágrimas y no sé si por inconsciencia o masoquismo, saqué las fotos, releí las cartas y puse en mis viejos discman los CDs que ella había compilado para mí. Fue como una ceremonia de desentierro en la que mi antiguo yo salía de su sepulcro adormecido. Sin embargo, debo decir que no hubiese tenido el valor de hacer todo esto, de no ser por esa pequeña nota que resbaló entre mis dibujos. La tomé con especial interés, deteniéndome en las últimas líneas: “Te amo y te amaré por siempre.”
Volteé a mi alrededor y vi las cajas de mudanza de Rebeca inundando la sala y el comedor. Miré mi desordenado escritorio y en él los cientos de papeles en que había escrito fechas, costos y procedimientos para presentar mi renuncia en la próxima quincena. Miré las hojas rojas y amarillas que se asomaban por la ventana y recordé cuánto me gustaba esta época del año. No perdía nada con intentarlo y quizás podía ganar mucho, así que tomé mi celular y escribí: “Tengo espacio para un pumpkin latte mañana temprano, a eso de las diez, ¿te parece bien?” Enseguida, como si ella estuviera esperándolo, un mensaje: “¡Ahí estaré!”
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