Brenda

Recuerdo la primera vez que te vi. Me caíste mal desde el principio, es cierto; especialmente porque, con la impertinencia que te caracteriza, cuando me pediste prestado mi examen para ver en dónde te habías equivocado, tuviste el descaro de decirle al profesor que había cometido un error al calificar. Te subió la calificación y a mí me bajó la nota, como era de esperarse después de tu observación. De inmediato me sonreíste como si nada hubiera pasado. Desde ahí tenía que haberme dado cuenta de cómo eras.

Ese día que nos dejaron el trabajo juntos, quería morirme. Suelo ser de los que lideran en los equipos, pero sabía que contigo iba a ser distinto. Eras terca, mandona y "toda una controladora", según bromeaban tus amigas. Te gustaba que las cosas se hicieran a tu modo y precisamente por ello me estaba preparando mentalmente para pelear contigo o bien, ceder en contra de mi voluntad; pero no fue así, pediste mi opinión y en verdad la tomaste en cuenta. Tenías carácter fuerte, pero al mismo tiempo eras inteligente y amable. Me sorprendiste. Como todo lo que comencé a mirar en ti.

Eras una chica interesante y me lo dejaste claro ese último día de clases que fuimos al cine. Esperaba que quisieras ver la película romántica de moda, pero decidiste llevarme al Ciclo de Cine Francés. 

—¿Sabes francés? —pregunté, esperando hacer una broma. 

—Sí, aunque prefiero el italiano —respondiste. 

Toda un políglota, tú. Me pregunté por los alcances de tu conocimiento en lenguas y me dejaste clarísimo que no se quedaba allí cuando se apagaron las luces de la sala y me empezaste a besar.

Comenzamos a salir y fui conociendo más de ti. Resultó que no te gustaban las películas románticas, que tu libro favorito era Tokio Blues, que te fastidiaba salir de antro y no creías en el amor. Me sentí fatal. En especial porque lo decías sin remordimiento alguno y sin reparar en la crueldad de que yo, de ti, me empezaba a enamorar. "Al menos es sincera", me permití pensar y a pesar de ello decidí seguir contigo. Llámalo inocencia o masoquismo, pero tenía la esperanza de hacerte cambiar de opinión.

Mis amigos me dijeron que no me traerías nada bueno, porque ya te antecedía tu reputación. No es que salieras con muchos, era que a esos pocos les habías roto el corazón. "Pobres diablos", pensaba, sintiéndome diferente. Ninguno de ellos era digno de ti, eso es todo. Ninguno te había dado lo que necesitabas. Ninguno de ellos te había amado de verdad. Confieso que pequé de excesiva confianza, pero ¿cómo no hacerlo cuando era a mí a quien siempre buscabas?

Durante mucho tiempo puse todo mi esfuerzo en ti. Aun recuerdo la vez que pensé que lo había conseguido, que por fin estabas enamorada de mí. Habíamos ido al parque y empezó a llover. Corrimos a refugiarnos bajo el techo de una tienda cerrada, nos sentamos en el piso y comenzaste a hablar:

—Odio la lluvia.

—¿Por qué? A mí me gusta —te respondí mirando tus ojos aguamarina.

—Es patética. Igual que aquellos que la disfrutan —dijiste mirando al piso y luego volviéndote hacia mí con una sonrisita burlona.

—Soy patético, gracias —dije siguiendo la broma y entonces pusiste tus labios sobre los míos. 

En ese momento juré que ya eras mía. Me besabas con la lluvia de testigo, tú, que tanto decías odiar el romance y detestar los clichés. Una lágrima tuya mojó mi mejilla y no entendí por qué. Supongo que con una visión del futuro diametralmente opuesta a la mía, tú ya sabías que aquél era nuestro último beso.

Nunca entendí por qué dejaste de responder mis mensajes, ni por qué ya no atendías mis llamadas. Y la única vez que fui lo suficientemente valiente para ir a verte, llamé primero a tu casa y me respondió tu buzón. Sí estabas, lo sabía, tenías la luz de la ventana encendida. Te quería, es cierto, pero por vez primera decidí quererme más a mí.

No volví a saber de ti en mucho tiempo, por más que me empeñara en preguntarle a todos por ti. Con esfuerzo supe que cambiaste de trabajo y que fuiste al examen profesional de Sebastián. De ti, de tu vida, de cómo te iba, no supe nada, hasta que un día te vi subiendo al autobús. 

Mi corazón se estremeció. Fingiendo leer, pude ver por encima de mi libro que, como nunca, traías vestido. Siempre habías dicho odiarlos por "encargarse de preservar el estereotipo femenino". Me daban gracia tus palabras, total, a mí me gustabas con tus botas sucias y pantalones raídos.

Me pregunté por qué ibas tan arreglada y debo admitir que, aunque lo sospechaba, no estaba preparado para la respuesta. Ibas de la mano con un muchacho de saco y se sentaron juntos en los primeros asientos. Le di gracias a Dios por eso, pues no pudiste ver mi consternada expresión. A decir verdad, ni volteaste siquiera. Estabas absorta en tu interlocutor, que hablaba sin parar y de repente te hacía reír de manera escandalosa. Nunca te había visto tan callada y atenta en una conversación. Me apresuré a bajar del vehículo en la estación más cercana. Ya en la acera, miré al autobús alejarse de mí, contigo en él. A partir de ese día decidí dejar de preguntar por ti.

Tiempo después, a pesar de ello, llegaron a mis oídos noticias de ti. Alguien te había encontrado con aquél muchacho en el cine, a punto de entrar a ese ridícula película de amor y vampiros. Otro te había visto con él en ese bar al que una vez te invité y te negaste ofendida, alegando que tú preferías los cafés. Me contaron que pasaste la Navidad con sus padres, que te llevaste muy bien con su hermana y que en la fiesta de Año Nuevo presumiste tu anillo de compromiso. Dicen que le lees a Murakami por las noches. Por lo menos tu libro favorito sigue siendo Tokio Blues.

Me dijeron que estabas cambiada y pude entender por qué. Me platicaron que estabas enamorada, aunque no necesitaban hacerlo. Por fin encontraste al amor y no te diré que me alegro. Sólo espero que él te quiera tanto como yo.

Nah. No es cierto. Ojalá que él te rompa el corazón, Brenda.

Comentarios