Dalia

Es tu nombre tan hermoso como la flor a la que llama. Eres bella como las lavandas que impregnan con su aroma tu vestido violeta. Eres fuerte y obstinada como las rosas que con sus espinas se empeñan en protegerse de nada. Eres altanera y orgullosa como el alcatraz con el que adornaste el florero de tu mamá. Eres tierna como una margarita silvestre y, al mismo tiempo, eres terca como la hierba imposible de podar.

Dalia, si tan sólo fueras tan paciente como una semilla en algodón... Pero no lo eres. Eres una flor a la que le salieron alas, eres el Ave del Paraíso, que florece con la esperanza de un día emprender el vuelo y marcharse para siempre.

Dalia, me gustas tanto, te admiro tanto, te quiero tanto, y a veces quisiera no amarte como lo hago porque sé bien lo que soy para ti: un jardinero que corta las plantas para verlas morir. Pero no soy así. Sí, quiero ser tu jardinero, pero para regarte de besos, abonarte de caricias y podarte los temores nada más, para que tus flores sean para siempre más brillantes y hermosas que cualquiera.

Dalia, mi bella Dalia, me pregunto si algún bendito día me querrás tanto como yo a ti. Con ternura, con dulzura, con la misma pasión con la que sueles hablarme de tus plantas y tu jardín; para sentir todos tus pétalos, oler todas tus flores y enterrarme en tus raíces y hacerme parte de ti.

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