Claudia

Siempre creí que te irías primero, antes de que yo te lo pidiera. Creí que en algún momento abrirías los ojos y descubrirías que yo no era el indicado para ti. Y es que al final eras muy buena, demasiado buena para mí y yo lo sabía, ¿cómo es que tú no?

A veces, en mi imaginación, te veía más con Raúl o Ernesto. Sí, incluso cuando ya estábamos juntos. Te veía siendo querida como te mereces, atendida con ternura y cariño, dos conceptos en los que yo nunca pude encajar. Imaginaba a tu mamá feliz de la vida con Raúl como yerno, ya ves que, como ella, él era más de izquierda; yo, en cambio, cuando hablaba con ella era tímido y retraído, no fuera a ser que la ofendiera con algún comentario mío. Sí, trataba de agradarle, pero más por mí que por ti; de todos modos, los dos sabemos que nunca logré caerle bien.

Te digo que también te veía con Ernesto. Siempre creí que ustedes dos se llevarían mejor que nosotros. Él era todo un caballero e ingeniero, igual que tú. Lo admirabas bastante, ahora que recuerdo. Digo, una maestría en aeronáutica, no cualquiera, la verdad. Hasta a mí me impresionaba, ¿de veras nunca llamó tu atención? Ese mes que me fui de vacaciones a San Francisco y que tú fuiste a una estancia de investigación con él, no pude siquiera ponerme celoso. Al principio, la idea de imaginarte con otro me hizo estremecer un poquito, pero luego pensé en lo bien que me caía Ernesto: era amable, atento y tenía ideas espirituales y profundas igual que tú. Nunca estuve celoso, podrás decir que estaba loco, pero pensé que sería una oportunidad para que lo conocieras y te fueras. Eran buenos tipos, eran más tu tipo. ¿Y quién soy yo para decidir quién puede ser tu tipo? Alguien que te quiere, Clau, que te conoce y que te quiere, nada más.

Te quise mucho, te quiero y siempre quise lo mejor para ti, pero lo cierto es que nunca quise ser lo que tú necesitabas. Siempre me quise más a mí que a ti y lo siento. Sí me esforcé por ser bueno, no te lo voy a negar; me enseñaste muchas cosas e intenté hacerlas hábito en mí: no ser tan soberbio, ser más generoso, paciente y hasta dejé de fumar por ti. Me gustaba lo que yo era contigo, la verdad, pero supongo que al final no podía cerrar los ojos ante la realidad: podías estar mejor de lo que estabas conmigo.

Ni mis bromas, ni mis reclamos, ni mis berrinches o mis enfados lograban sacarte de tus casillas, Clau. Y te juro que no lo hacía por alejarte, ya te dije; te quería, te necesitaba, pero al mismo tiempo yo quería algo mejor para ti y prefería que fueras tú quien lo dijera, que perpetuar esa maldita fama de rompecorazones que Elisa se encargó de hacerme en la escuela. Sin embargo, no te ibas; al contrario, siempre me dabas la razón. ¿Así cómo no amarte? ¿Así cómo no quedarme? ¿Así como no imaginar que, si no eras tú, ninguna otra me iba a soportar? Pero es imposible engañar al ingenio, Clau, y el tiempo se encargó de cobrarnos factura; porque mientras yo me repetía que debíamos estar juntos, todavía algo dentro me decía que no. Eras perfecta, pero al final no eras mi tipo, por mucho que yo deseara que fuera así. Eras una niña buena, pero yo era todo un patán y la vida no suele ser como la ponen en las películas.

Claudia, mi querida Claudia. Espero que algún día me perdones, incluso después de lo que voy a decir, porque la verdad es esta: yo nunca estuve enamorado de ti. Siempre te vi como la mujer que me convenía, la que estaría para mí si se lo pedía... mas no como aquella que querría por más loca que estuviera. Eras perfecta, Clau, y no conocí en ti defecto alguno que me llevara a sopesar si en verdad lo daría todo por estar contigo. No había duda. Pero sin duda, tampoco hay nada que confirmar.

Por eso me voy, Clau, e insisto en que lamento que las cosas se hayan dado así. No debí esperar a que te fueras, ya ves, nunca lo hiciste. Debí irme cuando supe que prefería a otro contigo, antes que a mí. En fin. Adiós, Claudia. Buena suerte.

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