Una habitación, por favor

—Una habitación, por favor —le dije al recepcionista. Me sonrió con amabilidad, por lo que alcancé a ver por el rabillo del ojo, pero lo cierto es que no quería verlo, a él ni a nadie. Una sola sonrisa podría haberme hecho derrumbar en llanto en ese momento.

Me dio la tarjeta de la puerta y me indicó el camino a mi cuarto. Nadie me llevó, no había maletas qué cargar, aunque algo dentro de mí se sentía muy pesado. Llegué al elevador apretando con fuerza mi bolso entre las manos, apretando los puños, contrayendo mi cuerpo. Contuve la respiración un momento y luego exhalé lentamente, trataba de tranquilizarme y ahorrar mis energías para después. Salí del elevador. Recorrí el pasillo y ahí estaba, hasta el fondo, la habitación 419. Creí que me desplomaría con sólo mirar el número, pero entré casi indiferente y cerré la puerta tras de mí. Entonces comencé a llorar.

Cerré mis ojos fuertemente y sentí cómo mos lágrimas mojaban mis mejillas, cómo empapaban mis pestañas, cómo se metían a mi boca. Abrí la boca, pero no dejé escapar ningún sonido. Recargué mi espalda contra la puerta y me dejé caer, tirando mi bolsa y la llave al suelo. No podía creerlo, todo esto me parecía una mentira. Pero al final, ¿que no era yo también una mentirosa? Porque lo estaba engañando a él y me estaba engañando a mí. Buscando mi propio consuelo, me llevé las manos a mi frente. No debí. Porque recordé aquella última noche en que ambos estuvimos aquí. Él, besando mi pecho desnudo y yo, en un intento inútil por contener el placer, colocando mis manos sobre mi frente.

Comencé a emitir sonido, primero débilmente y después aumentó la intensidad; en especial al recordar la escena y su rostro sonriente con esa mujer. El mismo restaurante, el mismo parque y el mismo automóvil en que un día nos hicimos amantes. Le abrió la puerta para salir y la besó en los labios enseguida; era el mismo truco que usó conmigo hace un mes. "¿Y quién es 'la otra', ella o yo?", me permití pensar por un momento. Sin embargo, ¿importaba? A las dos nos engañaba. Y yo también me engañaba a mí misma al desear estar con él.

¿Cómo esperé algo distinto? ¿Por qué fui tan necia como para negar su naturaleza? Extrañamente, recordé sus labios en los de él y no sentí rencor. Después de todo, ni yo misma pude resistirme a ellos. Pero pensé en él, pensándola, y me llené de pavor. Miré la cama del cuarto, esa que tantas veces hicimos nuestra; recordé sus movimientos y me pregunté cuál de todos había aprendido con ella. Grité. Mi llanto se convirtió de pronto en aullidos. Arranqué las sábanas que un día nos envolvieron. Aventé los cojines en que nos quedamos dormidos. Quise rasgar con las uñas ese colchón mullido que convertimos en el libro en blanco de nuestras historias de amor. Y finalmente, ya sin aliento, me desplomé en la cama, besándola con los labios mojados de tanto llorar. ¿Quién iba decir que esta misma habitación que siempre pedimos para esconder nuestros aullidos de placer iba a resguardar también mis gemidos de dolor?

—Una habitación, por favor —musité sentada en el piso y apoyando mi torso en el colchón, repitiendo tristemente lo que él siempre decía en la recepción, recordando la primera vez que vinimos, cuando tenía miedo de que nos hallara mi marido. Recordé sus ojos verdes dándome confianza. "No pasa nada", dijo mientras me besaba. Y le creí. Le creí cuando me dijo que podía confiar en él. Le creí cuando me dijo que lo nuestro era real. Le creí cuando dijo que me quería. Le creí, y por eso aposté todo a su favor. Y ahora estaba aquí, habiendo perdiéndolo todo, incluso las pocas fuerzas que me quedaban para salir de esta habitación maldita. 

Sin embargo, ahí me quedé, intentado tranquilizarme, inhalando y exhalando con precisión suiza. Entonces caí dormida y entre sueños entendí que de la misma manera en que dejé de llorar, me iba a desenamorar de él.

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