Amé
«El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.»
1 Cor 13, 4-7
El amor es generoso, ¿pero qué no es también un poquito egoísta? Porque te quiero y te quiero para mí. Y te quiero sin importarme nada más.
1 Cor 13, 4-7
El amor es generoso, ¿pero qué no es también un poquito egoísta? Porque te quiero y te quiero para mí. Y te quiero sin importarme nada más.
Te quiero y quiero estar contigo. Quiero mirarte todo el tiempo. Escucharte envuelta en tus brazos. Quiero enseñarte y que me enseñes; aprender contigo, porque te admiro. Me gustas, me encandilas, me encantas. Me asombras, me espantas, me quiebras. Me construyes y me destruyes. Así es como siento el amor. Si es que el amor fuera un sentimiento, porque he escuchado que es una decisión. Pero ¿acaso no fui consciente esa noche en que, tomados de la mano, nos miramos, nos besamos? Sabía qué estaba haciendo, aunque el ambiente me ayudó con la decisión.
El amor es bueno, ¿pero qué no también un poquito malo? Porque me siento tan bien que parece maldad. Me siento tan feliz y es a costa de alguien más. Y no quiero lastimarlo, lastimarte o lastimarme. Pero en mi mente es tu imagen la que sigue presente. Son tus besos los que llenan los espacios vacíos de cada desvelo, de cada noche intermitente por la que no me importa pasar, sabiendo que al otro día te veré otra vez. Es tu voz la que me arrulla al dormir, como música que moja el desierto de mi alma y la hace florecer al día siguiente, cantando canciones de amor y esforzándome por ser mejor.
El amor es todo, menos mío. Porque creí tenerlo, pero llegaste tú y mostraste mis manos vacías, sosteniendo los retazos chiquitos de un amor, que más que de pasión parecía de compasión. Y ahora que me lo enseñas, o que al menos creo que lo tienes tú, es imposible hacerlo mío porque esos pedazos están cosidos con hilo. Están pegados, están atados y no los puedo soltar. No tienen a dónde ir, no tienen a quién amar, están a mí adheridos y ya no los puedo dejar. Pero al final de cuentas, ¿qué no éste es el amor? Rechazar lo que te llama, lo quieres, lo que te encanta, por pensar en el bienestar de alguien más, por mucho que me pese, incluso aunque no me convence.
El amor no espera nada a cambio. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta. Supongo que esta es mi gran manera de amarlos a los dos.
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