La vie en rose

Ahora que he vuelto de mis vacaciones, siento nostalgia. Ya sé, qué ridícula, pero no me importa. Es cierto que agradezco estar de nuevo en casa, con mi familia, mis mascotas y mis árboles frutales; pero también extraño todo lo que me hizo feliz durante mi breve estancia en París.

Siento nostalgia por la comida exquisita que degusté y esa crème brûlée que no creo volver a encontrar. Por las tapas de queso brie que probé el primer día, en esa baguette crujiente y rociadas con miel. Por  la blancura de la piedra caliza luteciana, los enormes museos desbordantes de arte y las terrazas bonitas de los restaurantes donde donde la propia existencia te obligaba a desacelerar.

Extraño el café noisette que he intentado replicar en mi casa y el croissant de cada día que lo solía acompañar. La posibilidad de pedir pain au chocolat en cualquier panadería, cuya pronunciación me parecía tan dulce como su sabor. 

Pienso en las majestuosas iglesias de techos altos, cuyos altares desaparecían entre el humo del incienso. En los verdes jardines repletos de aves y fuentes, que evocaban la música de Saint-Säens y Satie. El Sena, que fue testigo de la escritura de Víctor Hugo. Los fantasmas impresionistas que caminaban por Montmartre. Y el murmullo de las voces de los artistas del pasado que me pedían que creara arte mientras recorría el Palais Garnier.

Siento nostalgia por todo eso. O quizás todavía tengo jet lag.

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