El Museo de las Muñecas Rotas
En la calle detrás del viejo edificio que solía fungir como oficinas de gobierno, existe un museo de muñecas rotas y decrépitas que un día fueron amadas y después, desechadas.
Comenzó como un lugar de reparación de muñecas antiguas, pero cuando los dueños olvidaban recogerlas y nadie buscaba comprarlas, el propietario decidió conservarlas y exhibirlas en un aparador, a vista de merodeadores curiosos y viajeros excéntricos.
El día que ingresé al hospicio de compañeras de plástico, madera y porcelana, lo primero que capturó mi atención fue una hermosa muñeca de piel lechosa, cabello caoba ensortijado, con un gorro y vestido blanco de flores y encaje, que tenía la mitad de su cara rota. Sobre la repisa, delante de sus pies, estaba escrito su nombre en una etiqueta dorada. Yo sólo pude pensar en la crueldad de nombrarla y abandonarla después.
Había otra muñeca, la más antigua de todas, que tenía su propia vitrina en el anaquel. Se veía intacta, completa y, como leyendo mi mente, uno de los visitantes le preguntó al encargado qué le había pasado.
—Tiene roto su mecanismo —contestó el anciano—. Es una autómata. Nunca he logrado descubrir qué hacía, pero si la sacamos de su caja, se le caen todas las piezas.
El hombre por fin me recibió entre sus manos. Me examinó la cara, el cabello, levantó mi vestido y me revisó la espalda. No se notaba, pero además de mi indumentaria envejecida, el color desvanecido de mis mejillas y mi ojo izquierdo faltante, también estaba rota por dentro.
—Le traigo otra donación para su colección —dijo el joven que me entregó, refiriéndose a mí.
El encargado me depositó con delicadeza en el estante junto a las otras muñecas. En comparación, yo era la más nueva, pero estaba igual de rota que todas las demás.
Pronto cayó la tarde y cuando el viejo propietario se fue, un silencio sepulcral se apoderó del lugar. La luz de la luna entró timidamente por la ventana, interrumpiendo con su fulgor la oscuridad. El brillo lunar se posó sobre algunas muñecas que no había visto y reconocí un par de rostros familiares.
Entonces lo descifré: éramos su colección de muñecas, quebradas por el mismo dueño, aguardando inmóviles y en silencio a que llegara su siguiente víctima.
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