Epílogo
Hoy traje de casa de mi mamá algunas cosas viejas que había dejado allí: cuadernos, hojas sueltas de mis notas de la universidad, libros, anuarios y dibujos.
A pesar de mi curiosidad por revisar el contenido de aquellas cajas, lo primero que hice fue correr a buscar mi vieja carpeta rosa, la que llevaba a la universidad a modo de cuaderno por imitación a mis compañeros europeos, con quienes estudié durante mi intercambio en Madrid.
Recorrí las páginas hasta llegar al final de la carpeta, donde encontré pegada con cinta adhesiva en el reverso de la tapa, la imagen que recordaba y que me había servido de motivación durante mis años de escuela: una fotografía de mi futura casa.
"El color de las paredes es el mismo", comentó mi esposo cuando le mostré con entusiasmo la imagen envejecida y desgastada de una sala elegante con unas modernas escaleras al fondo.
Aún recuerdo cómo la conseguí. Hace muchos años, no me acuerdo con exactitud si iba en la primaria o en la secundaria, la descubrí en una revista de sociales que traía mi papá entre el montón de periódicos que llevaba a la casa desde su trabajo en síntesis de información. Era el anuncio de una empresa de decoración de interiores o de pintura o de muebles, no sé. Lo que sí sé es que inmediatamente me enamoré de ella.
No se parecía a ninguna otra casa que hubiera visto antes. Me encantaban las luces, la calidez y lo espacioso, aunque acogedor. Es verdad que para mis gustos actuales, la casa es demasiado moderna, pero en aquel entonces no lo dudé ni un segundo: así quería que fuera mi hogar.
Recuerdo que esa imagen se me perdió de algún modo. La tenía en un folder o en un cuaderno, algo así, el punto es que se perdió. Años después, cuando ya iba en preparatoria, la volví a encontrar en una revista y la recorté y la pegué en la pared cercana a mi escritorio, donde tenía mi computadora y hacía mis tareas. Mi idea era recordarme cuál era el objetivo de mis estudios, donde sufría con matemáticas y física en Área 1.
En mis últimos dos años de la universidad, la pegué al final de mi carpeta rosa y desde que me gradué, no la había vuelto a ver, hasta ahora, pero se me quedó tan grabada en la memoria (y cómo no, si me acompañó toda la vida), que escogí el mismo color para las paredes interiores de la casa en que ahora vivo.
No quiero sonar melodramática, pero en verdad me parece estar soñando al escribir estas líneas dentro de la casa que tanto anhelé y por la que tanto trabajé, mientras contemplo el recorte de revista que guardé durante tantos años. Como pocas veces antes y de manera sincera, hoy puedo decir que me siento muy orgullosa de mí misma. Y lo escribo con morado, el color favorito de la Natalia del pasado, y lo resalto con rosa para simbolizar a la Natalia que está escribiendo ahorita. Porque sin duda, esto ha sido un logro de ambas, que, aunque sean la misma persona, son diferentes en muchas cosas.
En fin. Me alegra saber que al menos dos de sus grandísimas aspiraciones sí se las cumpli: casarse con un hombre como el que siempre soñó y tener una casa propia, grande y con un perro jugando en el jardín (y no lo vas a creer, Nat, pero tenemos tres).
Te abrazo a distancia en el tiempo,

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