Chiquita

Chiquita llegó a la casa en un costal de harina vacío. El patrón la llevó a su hija Áurea tal cual la recogió de la barranca, luego de escuchar los aullidos de auxilio provenientes de atrás de la casa. Todavía chillaba como la encontró entre restos de basura, cuando le mostró a su niña la bola polvorienta de pelo negro que cabía en la palma de su mano abierta.

¡Un cachorro! —Exclamó con emoción la pequeña.

—Cachorra —corrigió el padre, poniendo al animal patas arriba.

—Se va a llamar Chiquita —anunció Áurea mientras le acariciaba la cabeza a su nueva mascota sin necesidad de mayor ceremonia para su adopción y bautizo.

—No le va a quedar el nombre, se ve que va a estar grande —arguyó el padre mostrándole las patas gruesas del pequeño animal indefenso que parecía cruza con perro labrador.

—No me importa, será Chiquita —resolvió la pequeña con determinación, logrando que el padre soltara una carcajada en señal de aprobación. Pensaba que resultaría divertido que un perro tan grande se llamara Chiquita.

Con el paso del tiempo, la familia concluyó que las palabras de la niña habían servido de maldición para la perra, porque cuando alcanzó su máximo tamaño estaba tan pequeña como el viejo cocker spaniel de la tía Isabel, con la peculiaridad de que tenía las patas grandes de un pastor alemán. 

Cuando se corrió el rumor por el pueblo, la gente, asustada, comenzó a tener cuidado con la niña Áurea, que parecía tener el poder de echar maldiciones o predecir el futuro. Y si bien es cierto que años más tarde Áurea desarrollaría el don de la clarividencia como su tatarabuela, la verdad era que a Chiquita le había gustado tanto su nombre, que se negó a crecer más con tal de adaptarse a él. 

Todo mundo contaría aquella anécdota como su primera premonición, pero la realidad de esa historia permanecería para siempre como un secreto entre Áurea y su perra Chiquita.

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