Estampa de Santiago

A veces quisiera plasmar en un lienzo lo que ven mis ojos, pero como no sé pintar, tendré que usar la única forma de arte que conozco: la escritura. 

Pues bien, julio es época de lluvia en Santiago. Como el humo del café de la mañana, las faldas del Iztaccíhuatl se cubren de una densa neblina que se entreteje con los árboles de la sierra en la lejanía, delineando los perfiles de sus copas a modo de claroscuro. La Mujer Dormida se esconde detrás de las nubes como si tuviera vergüenza. Hace rato que no la hemos visto. Pareciera que se tapa con su cobija de algodón porque han regresado los fríos que nos abandonaron durante la primavera, y que a finales de año la visten de blanco con su ajuar invernal. Por lo visto, le están tejiendo uno ahora mismo.

Con la caída de la tarde, la nube viajera baja a los campos y los rocía con tímidos chubascos que a principios de mes no se deciden a ser tempestad (a finales lo serán). La tierra responde desprendiendo un olor a hierba que incita a respirar profundo. Mi esposo, que es oriundo de acá, dice que así huele la humedad. A mí me evoca a esperanza y libertad; después de todo, es el preludio de la germinación de las semillas, cuyos brotes se estiran hacia el cielo como alabando a Dios.

Un murciélago solitario da vueltas en el azul grisáceo de las nubes buscando refugio entre las ramas del tepozán. Las golondrinas revolotean cerca del roble seco y es señal de que debo entrar a casa. Por la ventana se distinguen las gotas que golpetean contra el vidrio y de repente el nubarrón ya se comió la casa del vecino. Es buen momento para encender la calefacción, pero yo me rebelo en contra de lo sensato. Preparo un té de limón, me pongo el gabán de venados que me compré en Zacatlán y vuelvo a salir al portal del patio trasero en nombre de todos esos días en que estuve encerrada en la oficina. Me acurruco en la mecedora con mi manta de lino en los pies y me río de la estampa de abuela que no concuerda con mi edad. 

La lluvia cede por fin y a lo lejos, entre los matorrales, distingo algunas luciérnagas. No puedo evitar sonreír al recordar que, cuando era niña, pensaba que eran imaginarias, que no existían. Mi esposo sale a acompañarme con una taza caliente entre sus manos y las perritas que lo quieren tanto corren hacia él para olfatear. Se sientan a nuestros pies y mientras le doy un sorbo a la infusión, sólo puedo pensar que estoy en el Paraíso.

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