Escenarios

Ella salió de la sala de cine y se dirigió a la dulcería. Mientras ordenaba lo de siempre, una persona la abordó.

—Veo que todavía te gustan las palomitas de caramelo —comentó. Era Él.

Ella se sorprendió con su presencia y trató de ocultar que el hecho de que se acordara la había enternecido.

—¿Cómo has estado? ¿Qué has hecho? —preguntó Él con entusiasmo.

Ella fingió una sonrisa y luego de un profundo suspiro, contestó con frialdad:

—Cosas.

Él, decepcionado con su respuesta, dijo:

—Ah, ya. Entiendo. Disculpa por molestarte.

Él dio media vuelta para irse. Ella lo entendió. Por un instante sintió tristeza, pero estaba satisfecha.

Cuando recibió su refresco y palomitas, Él se aproximó otra vez.

—Sé que ya pasó mucho tiempo y quizás ya no te importa, pero seguramente no volveré a tener la oportunidad de decirte esto, así que lo diré de todos modos: lamento cómo se dieron las cosas. Es todo.

Ella estaba a punto de regresar a la sala de cine sin mirarlo, pero dándole la oportunidad de tener una respuesta, dijo antes de que Él se fuera:

—Yo te tenía en otro concepto, ¿sabes?

Él se giró hacia Ella.

Ella apoyó sus cosas sobre un mostrador vacío y continuó:

—Cuando te conocí, pensé que ibas a ser mi primera relación madura, pero me equivoqué. Cuando te vi con tu coche nuevo y tu departamento, creí que eras el tipo de persona con quien podría salir por un rato y en cuanto nos cansáramos, nos lo diríamos para separarnos sin drama. Pero no fue así.

Él la miró con desaprobación, seguro de que Ella misma no se había comportado con la madurez que ahora predicaba, con su pareja anterior. Ella leyó su mirada.

—Sé que yo misma he lastimado a las personas que quiero, pero al menos he tenido la decencia de decirles de frente cuando ya no seré parte de sus vidas. Creí que nos debíamos eso. Que nos respetábamos lo suficiente como para merecernos esa cortesía, pero te fuiste sin decir nada, justo como te supliqué que no lo hicieras.

Él se quedó pasmado. Avergonzado, musitó:

—Entonces déjame explicarte...

—No —lo detuvo en seco. —Ya no lo necesito. Yo misma tuve que fabricarme un cierre para poder superarlo; dejémoslo así. De cualquier manera, al final creo que fuiste mi forma de pagar por mis viejas culpas. Y no te lo voy a negar, me dolió mucho, pero al menos ya estoy en...

—Pégame.

—¿Qué? —preguntó Ella sorprendida.

—Pégame —insistió Él y cerrando los ojos, le acercó su rostro.

—No te voy a pegar —replicó ofendida. —Si lo hiciera, sería con el puño y no con la palma.

—Entonces hazlo. En serio. Me lo merezco.

Ella comprendió que Él ansiaba expiación, pero no quiso darle gusto. Sólo lo miró de frente y tomando su refresco frío, se lo vació encima. Él reaccionó sorprendido, inhalando por la boca por la frialdad de los hielos, y permaneció inmóvil y aturdido mientras los presentes los miraban asombrados.

Ella sacó con calma un billete de su cartera.

—Toma —le dijo al muchacho del mostrador. —Para quien tenga que limpiar el piso —dijo Ella y tomando consigo sus palomitas de caramelo, se marchó a su sala.

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