Otro Cuento de Navidad

El estornudo del señor Scrooge resonó como un estruendo en la casa vacía. Comió su insípida cena y miró la televisión sin encender la calefacción eléctrica, a pesar del frío. El mes pasado no la había utilizado y el recibo de luz llegó más barato.

Mascó un pedazo de tortilla vieja mientras continuaba pensando en lo sucedido esa tarde en su despacho.

—Por favor, tienes que ayudarlos —suplicó su sobrino—. La Biblia dice que hay que ayudar a los necesitados.

—¿Por qué he de ayudar a los que no se ayudan a sí mismos? Que se ayuden ellos mismos.

—Lo intentan, pero han tenido mala suerte.

—Uno mismo es quien fabrica su suerte.

—Tío, el Señor nos llama a ayudar sin juzgar. ¿Recuerdas el sermón del domingo pasado?

—Yo no reniego de que cenen conmigo. El problema es que quieres hospedarlos en mi casa. Les abro la puerta en la Navidad y luego van a querer quedarse hasta Año Nuevo. No, gracias.

—No tienen a dónde ir, hazles esta caridad por esta vez, por favor, tío.

—¿Qué no hay albergues? ¿Asilos? ¿Por qué recurren a mí?

El señor Scrooge se atragantó con un pedazo de carne y sólo cuando tuvo que practicarse a sí mismo la maniobra de Heimlich, se percató de lo solo que estaba.

Los cuartos vacíos de la mansión clamaban por alguien que los habitara. Las cortinas se llenaban de polvo sin que nadie las tocara y las puertas y ventanas se avejentaban con el paso del tiempo. Pensó en su mujer, que planeaba llenar la casa de niños, pero murió durante el parto con su hijo no nacido.

El señor Scrooge jamás se recuperó de la tragedia. Sumido en su propio dolor, prefirió aislarse del mundo y dejarse envejecer con su casa, como capitán que se hunde con su barco. ¿Por qué ayudar al mundo que había sido tan cruel con él? ¿Por qué servir a Dios si se llevó a su familia?

Cerró las cortinas de su cama de dosel en medio de la oscuridad mientras blasfemaba y se dispuso a dormir de mala gana, anhelando morir mientras dormía. De repente, cuando estaba a punto de conciliar el sueño, un haz de luz se metió por entre las cortinas e iluminó débilmente su lecho.

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