Una parte de mí me obligó a publicar esto

En mi cabeza de escritora convive una dualidad: una parte es inocente, fantasiosa y creativa. No teme mostrarse a sí misma, porque es segura de sí. No se avergüenza de ser quien es, porque disfruta de serlo, y todo el tiempo está peleando con su otra mitad. 

Esa otra mitad es insegura, no quiere ser criticada e intenta ahogar a la primera con pensamientos factuales: le recuerda su edad constantemente, lo que se supone debería estar haciendo y a veces le muestra el pasado para que se atormente.

La primera escribe para sí misma, con el fin de pasarla bien y ejercitar su inventiva; es honesta consigo misma y valiente a la hora de crear (aunque la segunda cree que se autoengaña). La primera escribe cuando se le antoja y sobre cosas que a la segunda le avergüenzan; la segunda, exige publicar al menos una vez al mes y sólo si el texto tiene sabiduría y profundidad.

La primera escribe para mantener a sus personajes vivos y la segunda, para mantener a sus lectores cautivos. La primera opina que el arte sólo es tal cuando se hace para uno mismo y que hacerlo para los demás lo desfigura en algo comercial, donde la moneda quizás no sea el dinero, pero sí vistas, comentarios y likes. La segunda piensa que eso no tiene nada de malo pero, por eso, escribe bajo la sombra permanente de un público ficticio al que, según ella, tiene que agradar.

La primera es relajada y optimista; la segunda, melancólica y obsesiva. Pero en ocasiones, casi cada luna nueva, cuando los testigos se van y la inspiración llega, conviven, se juntan y crean en armonía, y escriben algo que publicarán y no borrarán después. Quizás este sea uno de esos. O quizás no.

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