Ajedrez
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos ajedrez en la escuela? —pregunté moviendo mi alfil.
—Sí. Y no has mejorado —contestó burlón cuando eliminó mi torre con su caballo. Él conocía mi dificultad para anticipar los movimientos de esa pieza.
—Extraño esos días.
—¿Por qué?
—No estoy segura. Quizás sea porque sentía que tenía toda una vida por delante. De cualquier manera en que me imaginara el futuro, me veía triunfando. Ahora ya sé cómo termina el juego.
—¿Estás segura de eso?
—Las jugadas se hacen en los veintes. En los treintas solo esperas a que el reloj se quede sin tiempo. ¿Te molesta que sea tan realista?
—Eso no es ser realista, es dejar de jugar.
—¿Y para qué jugar si no voy a ganar?
—Si aplicaras esa lógica para todo, no estaríamos aquí —dijo, señalando el tablero destartalado que tantas veces antes había sido testigo de mis derrotas.
—Bueno, es que contigo ya ni juego para ganar. Me gusta verte y aprender.
—Pues de eso se trata la vida también, ¿no? Y disfrutar el juego sin importar el resultado.
—Eso lo dices porque siempre ganas.
—Eso lo digo porque ganar es lo de menos, mientras juguemos juntos.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan cursi?
—Por cierto, jaque mate. Otra vez.
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