Y al final sí vivieron felices por siempre
Y al final, por mucho que se hiciera la fuerte, la independiente y la valiente, lo cierto es que sí era ella una princesa en apuros.
Prisionera en lo alto de una torre: la torre de su egoísmo, de su vanidad, de su soledad. Custodiada por un gran dragón, el de su inseguridad y desesperanza, que se hacía más fuerte al alimentarse de sus múltiples defectos.
La princesa, confundida, no sabía cómo salir. A veces se encerraba a propósito a llorar por su situación y otras, sólo miraba por la ventana con profunda melancolía, contemplando lo alta que sería su caída si se decidiera a saltar.
Pero entonces llegó un caballero en brillante armadura azul, montando un caballo plateado que brillaba con el sol. Con una espada en la mano derecha y un ramo de rosas rojas en la izquierda, se atrevió a enfrentar al dragón, seguro de que sólo él podría vencerlo. Luchó con perseverancia, valentía e inteligencia y con una lealtad heroica que es muy difícil encontrar al día de hoy. Al final, venció al dragón y rescató a la princesa del episodio más triste y oscuro de su historia.
Ella, agradecida, juró nunca olvidar su valentía y le entregó a cambio su vida, que era lo único que tenía. Él, entonces, le construyó un castillo encantado, lleno de árboles y flores y animales silvestres donde los dos vivieron felices por siempre.
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