Panna cotta per un crepacuore
—¿Y bien, a dónde quieres ir a cenar hoy? ¿Qué se te antoja?
—Lo que sea, no importa —contesté nerviosa en un torpe intento por ocultar mis intenciones.
—Ya sé a dónde te voy a llevar. Es un lugar bonito —dijo él con una sonrisa.
“Ojalá no tan bonito”, pensé mientras ponía el auto en marcha, en un atisbo de remordimiento por lo que estaba a punto de hacer.
Luego de un largo camino en silencio amenizado únicamente por la música en la radio, llegamos a un restaurante precioso que brillaba como estrellas en medio de la noche. Parecía una pintura de Van Gogh.
La entrada estaba adornada con arbustos llenos de foquitos blancos. Las mesas, elegantemente vestidas, lucían manteles blancos, servilletas de tela y copas de cristal, y se iluminaban de forma sutil por candelabros dorados que se alzaban al centro de ellas.
Los rostros de los comensales, sonrientes a la cálida luz, daban la impresión de que lo que se servía era una comida exquisita. Sonreí al pensar en la ironía de que aquel era el peor escenario para soltar el discurso que tenía preparado.
—Siempre había querido traerte. Cada que paso por aquí, pienso en ti —dijo él al abrirme la puerta del restaurante, atinando en hacerme sentir conmovida.
Sonreí tímidamente como cada vez que me tomaba por sorpresa con un tierno halago; sin embargo, poco duró el efecto de su comentario, pues recordé la desfachatez de estar diciéndome esas cosas cuando apenas una semana antes me estaba engañando con alguien más.
Nos sentamos a la mesa y a diferencia de lo que acostumbraba, esta vez me negaba a verlo a sus ojos color miel. Sabía que, en cuanto lo mirara, quedaría desarmada por su cautivadora sonrisa y abandonaría mi plan de dejarlo esa noche.
Evité decir cualquier cosa; mi cabeza estaba sumida en tal confusión que era capaz de soltarle un "te amo" en lugar de "quiero terminar”. Afortunadamente, aquello no fue problema, pues mi acompañante solía hablar de sí mismo sin parar. Por primera vez le encontré utilidad a su vanidad.
El mesero llegó a tomarnos la orden y como yo no tenía antojo de nada más que de poner mi plan en marcha, mi compañero se encargó de pedir por los dos. Pidió una pasta alfredo y el vino que siempre tomaba y yo me pregunté cómo podía serle más fiel a una botella que a mí.
Mientras esperábamos la comida, tomó mi mano entre la suya y la besó con tanta gentileza que por un instante deseé jamás haber encontrado aquellas fotos en su celular. Las luces, el vino, la música, él y yo... Aquél romántico momento no ameritaba ningún disgusto, aun si eso implicaba borrar por un instante de mi mente la imagen de aquella chica desnuda sobre su cama.
Comimos y bebimos fingiendo que no lo había escuchado hablar con ella por teléfono de madrugada, simulando que nunca había visto su nombre desplegado en su celular, convenciéndome de que no había leído la cadena de sus mensajes y como si no hubiera encontrado en el sillón su labial.
Escuché los violines tomada de su mano como si hubiera creído sus pretextos cuando llegaba tarde a casa; como si nunca hubiera revisado el historial de su tarjeta de crédito y como si aún ignorara que el viaje de negocios que se inventó en Cancún fue para pasar con ella el fin de semana en la playa.
Por fin lo miré de frente y tal como lo esperaba, caí rendida de nuevo ante sus ojos color miel. Me vio con tanta dulzura que pensé que haría bien en olvidarlo todo y decidir quedarme con él. Nos besamos como si nada hubiera pasado, como si hubiera sido la primera vez. Y comimos panna cotta de postre bajo las luces, como si yo no tuviera a su amante enterrada en el jardín.
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