Alas
Cada día es más difícil fingir. Jamás fui buena mintiendo y hoy que tengo que hacerlo todos los días, comienzo a darme cuenta de que esto es más una maldición demente, que una charada inocente.
No soy capaz de seguir fingiendo delante suyo, simulando con el amor de mi vida la misma sonrisa que con mis amigos y compañeros, mentir con que estoy bien con quien me conocer mejor, fingir felicidad con el único que me intenta hacer feliz.
Ya no sé si al salir el sol me quito el disfraz o me lo pongo porque ya no sé qué me hace más daño: traerlo puesto delante suyo o despojarme de él bajo su mirada, antes de irme a dormir.
Es cierto que quizás soy mejor mintiendo de lo que pienso, porque cuando finjo frente a todos, a veces logro engañarme a mí misma. Miro las plumas tornasol de este prostético falso y me creo que estas alas son de verdad mías. Me las pongo y me veo en el espejo y hasta siento que puedo volar. Me las quito y me niego a aceptar que soy un ave que no puede hacerlo.
“Las aves están hechas para volar”, me dijo mi papá un día, cuando pensé en
cortarle las alas al canarito de mi mamá. “Nada más cruel que quitarles a los pájaros eso
para lo que están hechos”, dijo, porque no es lo mismo privarlos de su libertad que
de sus posibilidades. No es lo mismo cerrarles una jaula que aserrarles su futuro.
¿Y si en verdad yo no puedo? ¿Y si yo no puedo hacerlo? ¿Y si realmente soy un
pájaro que no puede volar?
Comentarios
Publicar un comentario
Comentar