Es el vino

No sé si es el vino el que habla o las viejas canciones de desamor que han logrado permear en mi mente, como si todas se hubieran escrito a partir de que tú y yo termináramos. No sé si son las cartas de amor que nunca te mandé las que me hacen escribir ahora o las tristes novelas de romance que suelo leer por masoquismo. Ni siquiera sé ya a quién le escribo: a un fantasma, a un personaje de ficción que vive sólo en mi imaginación o si es que aún vives en el mundo real. Tampoco sé ya quién escribe: si la que fui antes de conocerte o la misma perdedora que se ahogó en alcohol contigo por la pena prematura de no saber más quién es. Tampoco sé si soy alguien nueva. No lo sé.

No sé si escribo porque lo necesito o sólo para atormentarme. Tampoco sé si al escribirte logro matar tu recuerdo de una vez por todas o si, en una especie de autogol, te mantengo más vivo que nunca en mi imaginación. Lo único que sé es lo que siento: me siento triste y te extraño. A ti, héroe de pacotilla, protagonista de sueños vanos, galán de memorias perdidas que sufro al recuperar. A ti, ente de pura locura, sin cuerpo ni aliento ni mente propia; sin futuro ni presente, sólo pasado cada vez más antiguo. A ti, nube deforme de recuerdos, mezcla de un par de personas que un día conocí. A ti, retazo de frases mal escritas, atoradas entre las páginas de lo que un día llamé mi juventud. A ti, que ya no habitas en ningún otro lado más que entre las letras “t” y “u” de mi abecedario. Tú, reducido en mi vida a dos manchas de tinta en mi vieja máquina de escribir, a un acorde en la guitarra que jamás supe tocar y a la memoria de un beso que cada vez encuentro más difícil recordar.

No sé si es el vino el que habla o lo mucho que te extraño todavía. Pero cuando se va el efecto, entonces lo entiendo: sí, es el vino.

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