Eva
Tengo que escribir sobre Eva antes que me olvide de ella. Y lo hago aquí, en secreto, porque ella pagará la sesión. No siempre se va por ahí a que le borren a uno la memoria, sobre todo porque el procedimiento suele ser caro, pero Eva es de esas chicas que están dispuestas a pagarlas y no porque sea generosa, sino porque dice que ya está harta de mí. Supongo que no es su culpa haberme enamorado de esta manera, amando con cada célula de mi ser las suyas.
Quiero escribir sobre Eva porque así como va su historia, lo más probable es que ninguno de sus pretendientes la recordemos jamás. Así suele ser ella, da y luego quita, pero quita todo y de lleno, y no lo digo al ahí se va. Se deshace de fotos y cartas, muñecos y alianzas, todo lo que le recuerde que alguna vez también amó.
Era muy sencillo caer rendido ante Eva, de ojos color miel, grandes y expresivos; pestañas largas y rizadas, cabello negro azabache y dientes blancos como la leche, grandes y parejos, que no dudaba en presumir siempre que sonreía. A pesar de ello, Eva no me gustaba porque fuera inteligente o bonita, ni siquiera por su figura tan sexy y femenina. Eva me gustaba porque me sacaba de la rutina, y supongo que lo mismo hacía con cada uno de los pobres diablos que la llegamos a adorar.
Eva, ¡cuánto daría por volver a oírte cantar en los ensayos de tu banda! ¡Qué no daría por volver a escuchar tu risa a la mitad de la noche! ¡Cuánto desearía volver a mirar tu bello rostro desplegado en mi teléfono cuando me llamabas de madrugada!
Eva, mi dulce Eva, la reina de lo espontáneo, de la inventiva y la imaginación. La diosa de lo extraordinario, de lo imposible e inaudito, a la que le rezaba para asegurarme una vida interesante y feliz, sin importar lo corta que fuera. ¿Qué más me daba el futuro si mi presente era contigo? ¿Qué me importaba la vida si toda mi vida eras tú?
Eva, mi bella Eva. Quedaron tantas cosas por hacer. Aún guardaba los besos que, según yo, te daría dentro un año. Los días de mi calendario estaban todos marcados con tu nombre y atesoraba la esperanza del día en que me quisieras más. Llámale obsesión, llámale deseo. Llámale incluso si quieres deseo de posesión. Pero no lo era, Eva, la única verdad es esta: no sabía de lo que me perdía hasta que me lo mostraste tú. No sabía lo que era la vida hasta que entraste en la mía. Y no conocía el mundo hasta que me lo ofreciste tú.
¿Te gusta lo que te digo, Eva? Creo que más bien te asusta, pero le diste solución, ¿no es cierto? Te olvidaré para siempre, incluso aunque no lo quiera. Mi único consuelo en este momento tan incierto es que seas tú la que no me olvide a mí.
Nunca me olvides, por favor. No lo hagas, querida Eva. Tal vez no fui tu pareja perfecta, quizás solamente te traje problemas, pero te amé de verdad. Te amé como a nadie, como nunca y como quizás no lo vuelva a hacer jamás… Y te amé como nadie más lo hará, eso te lo aseguro, aunque sean tú y tus encantos tan sencillos de adorar.
Ya te dejo, amada Eva, pero con la conciencia tranquila. Porque te di todo de mí. Sólo me faltó regalarte mi vida, pero espero que con mi memoria te sea suficiente.
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