Cristal
—¿Entonces qué somos tú y yo? —preguntó haciéndose el ingenuo, como si esa misma cuestión no se la hubiera hecho yo misma mil veces antes.
En aquél tiempo él no sabía qué decir. Se excusaba citando poemas de Benedetti y Cortázar, diciendo que "me quería porque no era suya" y que dejara de "construir puentes de un sólo lado".
Cuando leí esos versos completos, entendí que él no quería más que mi cuerpo. Sin embargo, por poco feminista (o quizás muy feminista) que suene, la verdad me conformaba con eso. Nunca antes había sentido lo que sentía a su lado. Me envolvía entre sus brazos mientras fumaba su cigarro, con una sonrisa torcida después de hacer el amor. A pesar de que odiaba el olor, me gustaba mirar el humo, formando nubes etéreas en un techo de cristal. Así, como si de ese material estuviera hecha la habitación, estaban hechos los sueños que tenía a su lado: de frágil, delicado y quebrantable cristal.
—¿Que qué somos tú y yo? —repetí su pregunta en un intento por darme tiempo para contestar.
Durante mucho creí conocer la respuesta, pero me quedé pensativa y llegué a esta explicación:
—No somos nada palpable o empíricamente observable. Si así fuera, diría que por la cotidianidad que tú y yo hemos compartido, somos pareja, pero no es así. Sólo somos dos personas compartiendo su presente, evitando su pasado y aplazando su futuro. Dos personas que se acompañan en su propia soledad.
Él interrumpió mi elocución incorporándose de pronto y mirándome a los ojos preguntando que cómo era posible que me sintiera sola con él y si acaso no me daba cuenta de que siempre que lo había necesitado estaba él a mi lado.
—Sí —respondí tranquilamente a sus cuestionamientos—, pero nada me asegura que estarás aquí mañana. Esa es la razón por la que no he querido darte todo el amor del que soy capaz. No quiero lastimarme... —dije y pensando un momento, después añadí: —O lastimarte a ti. Porque tanto tú puedes irte de la nada como yo cansarme de estar aquí. No soy de tuya ni tú mío. Nos pertenecemos a nosotros mismos. Ni siquiera somos capaces de compartirnos. Sólo "tú conmigo" y "yo contigo", pero no "nosotros" ni "nuestro". No somos nada, Tristán. Y si lo somos, somos cristal.
—Es cierto, Isolda —me dijo recostándose de nuevo y dándole un último jalón a su colilla desgastada—, somos cristal. Que pareciera que lo tienes, pero ya no si lo sujetas muy fuerte —terminó, satisfecho.
Mi estrategia de hacerme la mártir de su desamor no había conseguido el efecto que yo esperaba. Supongo que quería que lo negara, que me hiciera sentir segura, pero al mismo tiempo lo agradecí. Yo también he querido ser libre.
—Desventajas de salir con un poeta —contestó sonriente a mi triste expresión y, tomándome de la espalda, jaló mi pecho desnudo hacia sus brazos.
Se acomodó en su mullida almohada y nos tapó con mi ruana. La luz intermitente de su lámpara rota creaba un ambiente desgastado, como yo me sentía. Un poeta. Eso es lo que él era. Mirando su vida a través de un filtro bohemio, opaco y amarillento, admirando tanto al amor que temía hacerlo suyo para no quitarle su libertad.
Me acosté otra vez, después de apagar la luz y abrir la cortina junto a su cama para dejar pasar el brillo lunar. "Ingrata", pensé entre mí al acostarme mientras la miraba, porque fue ella misma la que con su brillo nos unió aquella noche de octubre en la estación del autobús, cuando me suplicó que no me fuera.
"Te prometo que no te vas a arrepentir", me dijo cargando mi maleta desvencijada, con mi ropa y mis mascadas salidas, como queriendo darme una señal de huida. A pesar de todo, no me arrepiento de haberme quedado; aunque no es como que en el futuro no vaya a hacerlo. Porque al final, "¿qué somos?", continué pensando y entonces me respondí una vez más: somos dos almas sin rumbo, vagabundas, que como yo aquella noche, pudiéndose ir, se quedaron. Y permanecieron juntas. Espero que algún día los cuerpos decidan quedarse también. Hasta entonces, somos cristal.
Comentarios
Publicar un comentario
Comentar