Y vivieron felices por siempre...
Y al final, por mucho que se hiciera siempre la fuerte, la valiente y la heroína de su cuento, tal vez sí era ella una princesa en apuros. Encerrada en una torre, la torre de su egoísmo, de su vanidad, de su soledad. Custodiada por un dragón, quizás no uno ni dos, tal vez muchos, uno por cada uno de sus invencibles defectos. Tal vez sí estaba ahí, haciendo nada por salir, esclava de su comodidad, tan sólo esperando a algún valiente que quisiera liberarla; que luchara contra sus dragones y la ayudara a salir. Sí, ahí estaba ella, mirando a lo lejos desde una ventana, aspirando a ser libre con profunda melancolía, añorando ver a alguien que quisiera acercarse a ella, que no le temiera a su altísima torre, que lograra con éxito sacarla de ahí.
Dijo una vez a alguien que muchos vinieron y lo intentaron. Vinieron en caballos blancos, negros, vino y azul. Vinieron sintiéndose confiados y poderosos, capaces de ayudarla a salvarse, orgullosos por poderlo intentar. Y sin embargo ninguno lo logró. Unos se apabullaron ante semejante torre y otros fueron comidos por al menos uno de los dragones. Unos pocos lograron ver a los ojos a la princesa, pero sin razón aparente se fueron, la abandonaron ahí. Quizás sólo querían mostrarse a sí mismos hábiles y fuertes. Quizás les gustaba que el pueblo hablara de su valor. Quizás sólo querían mirar de cerca a la princesa y de alguna manera olvidaron llevársela con ellos.
Esa es la historia de siempre, que llegan los equivocados, porque al final ella no necesitaba un gran héroe, sino una persona que la amara lo suficiente para domar sus dragones y acercarse lo necesario para enseñarle la salida a su torre. Y bajara por sí misma. Y se quedara con ella.
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