ODIO los relojes


Sí, ya me conoces. Acudo a ti cuando algo me inquieta. ¿Qué será esta vez? Quizás el hecho de extrañarte... Y extrañarte con el alma. Y es que necesito que vengas a ayudarme.

Como sabes (porque repetidamente te lo he contado), me molestan los relojes. ODIO los relojes, aunque sea de lo que más hablo. Me fastidia su tic-tac que irrumpe en el silencio y no para, y no para. Por alguna extraña razón cuando estás conmigo, el tic-tac se detiene. Bueno, quizás sólo será que contigo no lo oigo. Será que cuando tú hablas ya no lo alcanzo a escuchar. O tal vez simplemente ya no le pongo atención. Por eso es imperante que vengas. Necesito que acalles al reloj.

Sin tu voz y sin tus risas me veo obligada a escucharlo sólo a él, a ese infame reloj. Tic-tac, tic-tac. ¡Y lo peor es que no para! Dirás que es raro, pero incluso tu silencio lo callaba. Lo digo porque ese día que nos quedamos abrazados, casi dormidos en el sillón, podía haber jurado que se lo habían robado.

Tienes que venir, por favor. ¡Lo odio tanto! Y más en las mañanas cuando me obliga a despertar. Me molesta que me despierte de golpe, que me obligue a bajar de la cama cuando aun sigo soñando. Sí, sé bien que mi deber es levantarme, pero nada como cuando tú lo haces. Me lo dices despacio, con calma, como si tus palabras acariciaran mis anhelos. Y así me despierto contigo, no con el tiempo.

Creo que ya he mencionado mis razones, ahora por favor sólo ven. Ven a hacerme olvidar este maldito reloj.

Comentarios