Lentes Rotos (II)

I - II

―¿Y bien? ―le pregunté cuando volteó la hoja de mi cuento hacia la parte en blanco.

―¿Y qué quiere decir? ―contestó con una pregunta (como siempre) mientras me veía de forma inquiriente.

―No quiere decir nada ―dije burlándome―. Sólo es una chica que se muere por tonta.

―Vamos, inténtalo. Un escritor nunca escribe por nada y para el grado en el que vas, es un buen escrito ―comentó, como si los tres años que había entre nosotros realmente hicieran la diferencia.

Me quedé mirándolo incrédula, esperando hacerle notar que lo que estaba pidiéndome era que le buscara un sentido a mi escrito, cuando lo más probable es que no tenía ninguno. Sólo fue algo que quise escribir por diversión una tarde sin Internet.

―Mira ―insistió―, la mente es sólo el medio que convierte en palabras lo que siente el corazón. Muchos psicoanalistas creen que…

―OK, ya ―me apresuré a decirle para interrumpir su discurso. Él me miró sonriendo, como si aquél hubiera sido su plan hubiera desde el principio. ―Pues… quizás… habla de cómo la gente, aunque tenga una vista de 20/20, vive la vida sin observar. Habla de cómo vamos por la vida ciegos a una infinidad de cosas, tanto porque no nos interesan como porque nos negamos a verlas.

―Excelente. Y esta chica es ese hecho materializado en una persona ―añadió, señalando mi escrito.

―Sí, bueno, ella se da cuenta de eso mientras va caminando.

―¿Y qué significa su muerte? ¿Por qué se muere?

La respuesta a esa pregunta me tardó en llegar. ¿Por qué la maté? La realidad es que me gustaban los finales trágicos. Y la realidad era que yo era la chica del cuento y el morbo de imaginar mi propia muerte siempre me había llamado la atención. No quería que supiera que en fondo, muy en el fondo, tenía un poquito de oscura, como él, así que le di la mejor respuesta que mi mente pudo maquinar.

―Es la muerte a ese mundo de ciegos. Ya sabes, para renacer a una nueva vida en la que pueda vivir mirando.

―Genial. Simplemente genial, ¿ves a qué me refería? ―concluyó y tomando su pluma de tinta roja y volviendo sus ojos a mi escrito, firmó la hoja con un diez. ―Esta vez sí te lo mereces ―se burló, recordándome aquellos días en que fue ayudante de profesor en una de mis clases y mis compañeros se quejaban de que sólo me ponía buenas notas porque yo le gustaba.

―Gracias ―le dije simulando abiertamente una sonrisa y regresando a mi asiento, aliviada.

―Ana.

―¿Sí?

―Nunca dejes de escribir.

Quería dejarlo con esa frase, al fin y al cabo, sería una escena poética para la película de mi vida, pero tenía que saberlo.

―¿Por qué?

―Porque me gustan las chicas que escriben ―dijo e indignada, le respondí enseguida: ―Gracias por decirlo. Mañana mismo empiezo a tocar el piano.

Él se rio y aclaró: ―Ya, porque me gusta lo que escribes.

Ambos nos sonreímos. Hice bien en preguntar. Eso era mucho mejor a que le gustara yo misma.

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