Haciendo un poema de un abrazo
Y ahí, en la oscuridad, estábamos los dos, abrazados. La noche era pesada, sólo aligerada por el murmullo de un poema en un altavoz. Porque era un poema, ¿no es así? A decir verdad, ni atención le presté. Sólo escuchaba frases con ritmo, que pretendían alimentar aquellas criaturas hambrientas de amor, pero no lo lograban. Era evidente que el amor va más allá de las palabras.
Me daban pena mientras yo me sumergía entre tus brazos, porque me hacían creer que jamás sentirían lo que nosotros dos. Ni el poema más bello, ni la carta más larga, podían compararse a tener tu cuerpo contra mi pecho. Y era gracioso, porque se esforzaban, se notaba que se esforzaban incluso en darle entonación. Pero lo que hacíamos tú y yo no requería esfuerzo y era más bello que mil cartas de amor.
Nosotros éramos el verdadero poema. Hacíamos arte. Hacíamos el amor. Y no, no estábamos desnudos. Sólo desnudos de preocupación. De pie, junto a la puerta, despidiéndonos tú y yo, como si en ese preciso instante supiéramos que el mundo no nos prestaba atención, y el mismo podría acabarse y no acabaría con nuestro amor.
Eros nos miraba y decepcionado se marchaba, pero Ágape nos contemplaba con ternura y satisfacción. Era una simple caricia pero profunda, tan profunda que era difícil salir para respirar.
¿Seremos los únicos haciendo esto? Disfrutando la simpleza del amor en una de las caricias más comunes, sin necesidad de besos, sin necesidad de hablarnos, sólo fundidos en cuatro brazos.
Si la vida fuera así siempre no me importaría. No necesito aire más que tu aliento, ni sueño más que tus sueños, ni alimento más que tu amor.
Seamos uno solo hoy, siempre. Porque eso es sencillo cuando me abrazas así.
Comentarios
Publicar un comentario
Comentar