Lentes rotos (I)

I - II

Broken glasses. Foto de Kuroiasato.

Nunca me ha gustado usar lentes. Por alguna razón, recientemente me dan dolor de cabeza (literal). No sé bien por qué, pero se han vuelto insoportables, sean de armazón o de contacto, por eso, últimamente uno de mis pequeños placeres es quitármelos mientras leo en el metro, camino a casa. El inconveniente principal es que cada que quiero verificar la estación en la que voy debo sacarlos del estuche y volvérmelos a poner. Pero hoy, gracias a Dios, a mi lado se sentó una señora cuyo entretenimiento principal consistía en leerle al marido el nombre de cada estación: “Eugenia”, “Centro Médico”, le decía interrumpiendo su conversación que no sé de qué iba, no me interesaba. Sólo paraba la oreja para escuchar la estación y luego volver a sumergirme en la que sí me importaba, la de Hazel Grace y Augustus Waters viviendo juntos bajo la misma estrella.

Llegué a mi estación y bajé con los lentes aún en la mochila. Decidí caminar así hasta que necesitara ponérmelos, pero parecía que no tendría que hacerlo. A pesar de que no veía claramente, las calles se sentían cómodas. Podía mirar al frente y ver la cara de las personas sin sentirme apenada por observarlas, pues al final no alcanzaba a distinguir sus expresiones. Cuando una persona me daba curiosidad, esperaba a que pasara a mi lado para verla mejor y ellos, que podían mirar en alta definición, no se atrevían a voltear hacia mí, dejándome observarlos sin pena.

Durante el camino a casa, un hombre caminó de frente hacia mí. Al quedar casi a mi lado, susurró algo extraño que no pude entender. Haciendo un esfuerzo por darle sentido a sus palabras, miré su rostro borroroso y por su forma de verme, distinguí una especie de piropo insulso que no alcancé a comprender. Menos aún por la expresión de susto que puso cuando lo miré a los ojos confundida (y no de forma intencional, sólo fue que me estaba esforzando por ver). Los hombres que van por las calles diciendo cosas a las chicas no esperan que los mires sino que, como todas, los pases de largo, intimidada y nerviosa. 

Proseguí con mi camino y tuve que prestar más atención a las cosas para atravesar las calles y no chocar, pues los automóviles eran manchas borrosas de colores que se detenían en cada semáforo. Me fijaba en los colores, los olores y los sonidos, incluso descubrí un par de árboles grandes y viejos en los que nunca me había fijado. A pesar de todo, sorprendentemente el camino no me estaba costando tanto como lo creí, y menos porque me di cuenta que en mi diario caminar a casa todo lo hago de forma casi automatizada, sin mirar.

Me sumergí en mis pensamientos. ¿Hace cuánto que recorro este mismo camino y hace cuánto que no me fijaba en él? Tal vez todos somos así. Caminamos como robots, sin vernos a la cara. Como caballos con tapaderas en los ojos, siguiendo sólo un camino, sin importarnos voltear a los lados. Es verdad que desde hace tiempo que uso los lentes, ¿pero en qué momento me convertí en una ciega? ¿Y en qué momento…?

Al final, de una u otra forma se debe poner atención. Porque en ese instante, al dar el paso, un joven que conducía mirando sin mirar, terminó por tumbarme en el asfalto. Ahí, desde lo alto, sin más necesidad de anteojos, miré en alta definición la foto de los diarios. La caída había sacado de mi mochila mis lentes como proyectil y quedaron en el suelo quebrados, como yo.

Comentarios