Corina y Héctor

—¿Qué estás haciendo acá afuera tan solita? —me preguntó mientras tomaba asiento en la banqueta junto a mí y colocaba su cerveza en el piso. No lo voy a negar, lo esperaba.

Queriendo hacer una broma, contesté: —Tal vez no lo aparento, pero pienso mucho —dije, mirando la botella de cerveza en mis manos, como si fuera el pretexto de mi reflexión.

—Es verdad, no lo aparentas —se burló, preparándose para recibir mi típico golpe en su hombro o esa mirada mía a la que tantas veces dijo tenerle miedo. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Solté un resoplido a modo de risa y seguí mirando al suelo. Él, percatándose de mi tristeza continuó: 

—¿Y qué tanto cavilas? Digo, sin ánimos de ser chismoso ni grosero, pero estamos a mitad de una fiesta y al menos para mí no es común ver a alguien tristeando; vaya, por lo menos no sin una excusa como problemas de pareja o estar pasado de copas, lo cual no creo que sea tu caso. Pero bueno, igual y no voy a muchas fiestas.

—Pienso —comencé— en el momento en que esto no tenga sentido. En que las caras y los nombres de estas personas se borren de mi memoria. Pienso en ese triste momento en que las memorables aventuras que vivimos juntos se vayan conmigo a la tumba y mueran desconocidas por el mundo junto conmigo, siendo tan dignas de la más bella novela. Pienso en el momento en que esté tan ocupada con mi presente que no tendré tiempo o ganas de mirar al pasado, o en que simplemente ya no me importará. Hoy día, mirar al pasado me hace recordar de dónde vengo y a dónde quiero ir. Pero me entristece pensar que llegará un día en que el pasado ya no signifique nada para mí. Y no precisamente por tener la vida hecha, sino porque ya no me dirá nada de mí misma. Eso pienso.

Su mirada reveló su sorpresa. Yo misma estaba sorprendida. Nos quedamos en silencio por un breve momento y entonces continué: 

—Por ejemplo, yo cada día dejo de significar algo para ti, ¿no es cierto? Bueno, es lo común con las cosas que pertenecen al pasado.

Autocompasión estratégica y tristeza genuina expuesta. Mi cuestionamiento tenía un poco de ambas.

—No realmente. Creo que no significarás para mí ni más ni menos de lo que significas ahora. Mi punto es que es verdad que creo que es fácil olvidar las cosas del pasado, pero tú perteneces al presente, mi presente.

Despegué mi mirada del suelo para ver su rostro. Las cosas que decía salían directo de su corazón. Quizás dándose cuenta de que tenía toda mi atención, prosiguió: 

—Escucha, sé que habrá cosas que olvidaremos; es normal, eso hace el tiempo. Pero cada una de las personas que están ahí marcó nuestras vidas de una u otra manera. Cada uno es parte de nuestro aprendizaje y por lo tanto, de nuestra historia. Y mientras tú tengas esos recuerdos en tu cabeza (que también están en la mía, por cierto), seguirán siendo parte de nuestro presente, mientras estemos juntos.

De nuevo volvía a hacerlo. Estaba ahí cuando lo necesitaba, con las palabras adecuadas en el momento correcto.

—Entonces no permitamos jamás que pertenezcan al pasado —le dije, elevando mi botella hacia él y mirándolo a los ojos.

—Sobre mi cadáver. Literalmente —dijo,  pasando su brazo sobre mi hombro y chocando su botella contra la mía.

Comentarios