Érase una vez...
Érase una vez una niña que creía ser adulta. Una niña que vivía rodeada de gente pero anhelando ser la pequeña princesa de su propio planeta, cuidando a su propia flor. Así pasaba sus días, viviendo para sí misma, feliz, haciendo caso omiso de lo que pasaba en el exterior.
Fue entonces cuando un día, un obscuro día me atrevería a decir, desde lejos, llegó un buitre. Un enorme buitre negro como la obsidiana y de alas tan enormes como el mismo cosmos.
La niña, curiosa por el extraño ser, pensó en obsequiarle una de las rosas de su jardín, de las que se sentía tan orgullosa. Siempre las tenía escondidas por miedo a que algo malo les sucediera, pero ese ser ameritaba ser dueño de una.
"Abre tus ojos" le dijo, y sin darle tiempo de nada, la tomó con sus afiladas garras y le enseñó el mundo, volando por los cuatro rincones de la Tierra, enseñándole el bien pero sobretodo el mal. "No estás sola", le dijo. Le enseñó la gente, le mostró los estratos más bajos del mundo, haciéndole ver de una manera cruel lo egoísta que había sido.
La niña, sintiendo pena por ella misma musitó: "Tengo una rosa para ti". El buitre, volteando a ver por vez primera a la niña se asombró de la belleza de la flor. Era una flor de un rojo intenso, de un rojo apetecible, que hizo brillar los ojos del buitre. "Es la flor más bella que he visto. Gracias en verdad. No puedo esperar a probarla. La devoraré en cuanto aterricemos." "¿Devorar?", pensó la niña. Las flores no se devoran, se admiran, se aman. Pero no se devoran. Se cuidan y es verdad que aun así mueren, pero no se matan de un bocado.
La niña ya no sentía miedo. Sentía terror. Además, mientras surcaban los cielos la pequeña niña comenzó a percatarse, de que era, en efecto, pequeña, y no le gustó. Ella era adulta. Intentó agitarse violentamente para zafarse del buitre, pero era inútil. El buitre la asía cada vez con más fuerza. Tenía que deshacerse de él de algún modo y la única opción que tenía era clara: herirlo.
Así, tomando la espina más larga y afilada la clavó con fuerza en la pata del animal quien, soltando un estruendoso alarido la soltó, obligándola a caer con él mientras se desangraba. "Mi rosa", alcanzaba a decir el buitre aun con tanto dolor mientras ambos caían directo a la tierra. Esperanzado en no perderla, abrió sus enormes alas y envolvió a la niña, quien aun sostenía su rosa.
Ambos cayeron al suelo, pero evidentemente el buitre amortiguó considerablemente la caída de la pequeña. Casi salió ilesa de ese evento, a no ser por los rasguños que le habían dejado tanto las garras del animal como las espinas de la rosa.
El buitre, tendido en el suelo y casi inconsciente de tanto dolor, abrió sus alas. La niña salió con cuidado y lo miró sin reparar en el dolor que brotaba de sus ojos. Ella se sentía aliviada. Ella era grande de nuevo. Ella estaba sola otra vez.

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